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Venezuela: La nueva arquitectura para enfrentar la crisis y las tensiones geopolíticas que se desatan

Venezuela: La nueva arquitectura para enfrentar la crisis y las tensiones geopolíticas que se desatan

La extracción de Nicolás Maduro de Venezuela marcó un quiebre en Latinoamérica y el mundo. La crisis venezolana no se cerró, sino que abrió una etapa compleja, donde la inoperancia del debate internacional y las negociaciones fallidas quedaron evidenciadas. Esto demuestra que las sanciones y comunicados diplomáticos no resuelven la realidad de un Estado capturado por redes criminales, sostenido por represión, petróleo y alianzas ilícitas.

El panorama global actual es tenso, no porque hayan desaparecido las reglas, sino porque deja de sostenerse la ficción de que esas reglas pueden convivir indefinidamente con estructuras criminales disfrazadas de soberanía estatal. El poder, sin velos retóricos, reemplaza la inacción que sostuvo la represión por décadas.

La nueva arquitectura para Venezuela ha sido descrita en tres fases. La primera es de estabilización, donde el objetivo inmediato no es democratizar, sino evitar el colapso o vacíos de poder. La "cuarentena petrolera" busca administrar el crudo venezolano, hoy inmovilizado para evitar el control de Cuba, Rusia, Irán o China. El objetivo es cortar la caja que financia represión, lealtades armadas y redes criminales, vendiendo a precio de mercado sin pasar por el aparato del régimen.

La fase de recuperación busca la reconstrucción económica y reactivación petrolera con empresas occidentales, bajo condiciones de seguridad jurídica y control financiero. También se abrirán espacios políticos con medidas de descompresión: amnistías, liberación de presos políticos y reconstrucción gradual de la sociedad civil.

La tercera fase de transición tiene por objetivo consolidar un nuevo marco político y democrático, con el regreso de figuras como María Corina Machado y Edmundo González. Estas fases se superponen para impedir que el aparato criminal se recicle bajo nuevas formas.

En este contexto, Cuba aparece como un punto de tensión inmediato por su dependencia estructural del chavismo. Si el flujo de petróleo se interrumpe, la grave crisis cubana se acelerará. El régimen cubano es la columna vertebral administrativa y represiva del chavismo, mientras Venezuela sostenía económicamente a Cuba. Si un sistema cae, el otro quedará expuesto.

En el centro del conflicto está el poder, no la retórica. Lo decisivo no es el discurso democrático, sino el control económico, marítimo y logístico. La coerción estadounidense opera cerrando el movimiento de petróleo y dinero no autorizado, incluyendo los flujos que sostenían las alianzas con Cuba, Rusia, Irán o China. Al interrumpir el circuito, la represión se encarece y las coaliciones internas comienzan a fracturarse.

El riesgo político es la narrativa del bloque soberanista que intenta presentar la salida de una narcodictadura como expropiación externa estadounidense. Pero la realidad es que el mundo ha perdido la paciencia frente a ficciones que protegían estructuras criminales. Venezuela es el primer laboratorio visible de ese cambio, y Cuba podría ser el siguiente. El sistema internacional observa, sabiendo que el precedente, aunque peligroso, está en marcha.

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