La Habana vive una mezcla de emociones entre el optimismo inflamado y la desesperación ante la precariedad extrema que atraviesa la isla. Tras la captura del presidente venezolano Nicolás Maduro, aliado estratégico del castrismo, la mira de Trump apunta ahora explícitamente a Cuba, cuyo régimen acumula una interminable sucesión de crisis.
Hace 67 años, La Habana recuerda la entrada victoriosa de Fidel Castro y el resto de sus barbudos. Cada 8 de enero, los trabajadores públicos y los estudiantes tienen permiso para salir a celebrar el triunfo del socialismo en esta isla del Caribe. Sin embargo, este año la efeméride llega en un momento especialmente frágil para el castrismo.
El ataque a Venezuela, que ha puesto patas arriba el orden internacional, llega cuando Cuba enfrenta los peores apagones por la falta de petróleo, desabastecimiento de medicamentos, una crisis migratoria sin precedentes y un colapso económico que ya no niegan ni los más acérrimos al régimen.
Lejos queda la época del deshielo entre Cuba y Estados Unidos. Tras la llegada de Trump al poder, las sanciones se recrudecieron, complicando a Biden justificar la relajación de las restricciones. Ahora, con el segundo mandato del magnate republicano, la nueva vuelta de tuerca apuntaló la asfixia económica de la isla.
En este contexto, los cubanos viven entre la precariedad, la incertidumbre y la ansiedad por el futuro. Desde el hartazgo de un ingeniero militar retirado hasta la desesperación de jóvenes enganchados a nuevas drogas sintéticas, la población sufre los efectos de una crisis que parece no tener fin.











