El periodista se sumerge en las calles de Beirut, la capital de Líbano, y describe un escenario de profundos contrastes. Por un lado, lujosos automóviles como Lamborghinis y Porsches circulan entre la miseria y la destrucción. Por el otro, familias sirias descalzas mendigan caridad en las puertas de edificios abandonados, mientras militares armados patrullan las calles.
La geografía de Beirut se presenta como un laberinto inviable para el viajero a pie, con arterias destinadas al tránsito fluido y veloz, sin semáforos ni cruces peatonales. El caos del tráfico se complementa con el sonido de bocinas multicolor y el humo de los narguiles compartidos en las puertas de los comercios.
En medio de este escenario, se encuentran vestigios de la historia y la riqueza cultural de la ciudad. Columnas romanas descubiertas por excavaciones arqueológicas conviven con edificios dañados por los conflictos, algunos en proceso de reconstrucción. Mezquitas e iglesias de diferentes credos se alzan entre los escasos parques públicos.
La presencia militar es constante, con soldados apostados en edificios y barrios estratégicos, listos para responder a cualquier eventualidad. Mientras tanto, activistas antisistema mantienen acampes primitivos en la Plaza de los Mártires, dejando su marca en forma de grafitis y murales que denuncian la desigualdad.
En este contexto, el periodista describe un atardecer "explosivo", con un sol naranja que se desploma sobre el Mediterráneo, reflejando la compleja realidad de una ciudad que parece estar suspendida entre la riqueza y la pobreza, la historia y la violencia, la esperanza y la desesperación.









