El padre Arsilio, un sacerdote de un pequeño pueblo, era dueño de un perico que había heredado de su madre y abuela. Sin embargo, este loro no era un ave común, pues tenía la costumbre de recitar oraciones y salmos cuando el padre Arsilio estaba en casa, pero en su ausencia profería maldiciones y entonaba canciones de tono inapropiado.
Un día, un agente viajero de la Compañía Jabonera "La Espumosa" llamado Tesonio Térquez escuchó hablar del peculiar perico y decidió insistir incansablemente al padre Arsilio para que se lo regalara, argumentando que no era apropiado que un siervo de Dios tuviera semejante ave en su hogar. Pese a la resistencia inicial del sacerdote, quien consideraba al perico una herencia familiar, el persistente Tesonio logró finalmente convencerlo de entregárselo.
Poco tiempo después, una joven acudió al padre Arsilio buscando consejo, pues un hombre la estaba presionando para que le entregara su virginidad, a lo que ella se resistía. Para sorpresa del sacerdote, la identidad de este "labioso seductor" resultó ser nada menos que Tesonio Térquez, el mismo a quien había regalado el perico malhablado.
El padre Arsilio, con pesar, le advirtió a la joven que debía darse por "cogida", es decir, que Tesonio había logrado su cometido. Esta trágica revelación pone en evidencia las consecuencias de ceder ante la insistencia de aquel vendedor que, una vez obtenido el perico, no dudó en utilizar artimañas para seducir a una joven.
La historia, si bien apócrifa según el propio narrador, refleja la complejidad de las relaciones humanas y los dilemas morales que enfrentan los hombres de Iglesia. El padre Arsilio, pese a sus buenas intenciones, terminó siendo cómplice involuntario de los actos reprochables de Tesonio, un episodio que sin duda dejará una huella en su conciencia.











