El presidente ruso, Vladímir Putin, ha mantenido un "sepulcral silencio navideño" a pesar de los reveses diplomáticos que ha sufrido Rusia en las últimas semanas, desde la captura del líder venezolano Nicolás Maduro hasta el apresamiento de un petrolero con bandera rusa por parte de Estados Unidos.
Según la agencia EFE, desde el hundimiento del submarino atómico Kursk en sus primeros meses de mandato (2000), Putin mantiene la misma actitud de no hablar cuando es consciente de que la situación es "insalvable". Este parece ser el caso con este "funesto inicio de año para la diplomacia rusa".
El Kremlin no ha hecho público el templo en el que Putin asistió a la misa de Navidad, lo que denota la "profunda inquietud sobre la seguridad del jefe del Estado". Además, por motivos de seguridad, Putin se encuentra en la base secreta de las Fuerzas Aeroespaciales en la localidad de Solnechnogorsk, no lejos de Moscú, el mismo lugar donde se recluyó cuando el jefe del Grupo Wagner, Yevgueni Prigozhin, protagonizó una sublevación militar en junio de 2023.
La captura de Maduro ha sido un "duro golpe" para Putin, quien recibió al líder venezolano en Moscú en mayo de 2025. Igual que lo fue el inesperado derrocamiento hace un año del sirio Bachar al Asad, asilado en Moscú. Otros aliados de Moscú, como Cuba y Nicaragua, también están "en la recámara".
Según medios internacionales, Caracas le debe a Moscú alrededor de 17.000 millones de dólares, lo que incluye la deuda soberana. Sin embargo, el oligarca ruso Oleg Deripaska denunció que el objetivo de Trump en Venezuela es quedarse con la mitad del petróleo mundial, expulsando a rusos, iraníes y chinos, y que el precio del barril ruso caiga por debajo de los 50 dólares.
Pese a estos reveses, Putin no puede perder los nervios con Estados Unidos, ya que el presidente Donald Trump sigue siendo la "única posibilidad" de que Rusia logre una salida negociada al conflicto en Ucrania que le permita "salvar la cara con anexiones territoriales reconocidas internacionalmente por la Casa Blanca".
Según muchos analistas, Rusia no sólo ha perdido un aliado, sino la autoridad para presentarse como una alternativa al orden mundial occidental. La culpa la tienen, entre otras cosas, la corrupción entre sus militares, la negligencia de sus servicios de inteligencia y el rezago tecnológico.
La conclusión para muchos es que, independientemente de los "delirios de grandeza de Putin", Rusia es una potencia regional incapaz de desestabilizar a sus adversarios occidentales con tácticas de guerra híbrida y que, por tanto, debe renunciar a sus "ambiciones imperialistas", ya que a lo máximo a lo que puede aspirar es a influir en el espacio postsoviético.









