La nueva Estrategia de Seguridad Nacional del presidente estadounidense, Donald Trump, advierte que Europa enfrenta una "aniquilación civilizatoria". Si bien el lenguaje es deliberadamente contundente, la preocupación subyacente no es infundada. De hecho, Europa corre el riesgo de convertirse en un continente moldeado por las decisiones de otros, en lugar de ser un actor que defiende sus propios intereses geopolíticos y valores.
El auge del nacionalismo europeo es un fenómeno que ha captado la atención de analistas y líderes políticos a ambos lados del Atlántico. Desde el Brexit en el Reino Unido hasta el ascenso de partidos de extrema derecha en países como Italia, Francia y Hungría, la tendencia parece imparable. Estos movimientos cuestionan los principios de la integración europea y amenazan con desestabilizar el orden liberal establecido después de la Segunda Guerra Mundial.
La preocupación de Trump radica en que este escenario podría debilitar la influencia de Estados Unidos en el Viejo Continente. Si Europa se fragmenta y se repliega sobre sí misma, Washington perdería a un aliado clave en la defensa de sus intereses globales. Además, el fortalecimiento de líderes nacionalistas podría poner en riesgo el compromiso europeo con valores como la democracia, los derechos humanos y el libre comercio.
Sin embargo, los defensores del nacionalismo europeo argumentan que es una respuesta legítima a la pérdida de soberanía nacional y la erosión de las identidades culturales. Sostienen que la Unión Europea se ha alejado de las preocupaciones de los ciudadanos comunes y que es necesario recuperar el control sobre asuntos como la inmigración, la seguridad y la economía.
La tensión entre el nacionalismo y el internacionalismo es un debate que se remonta a los orígenes mismos de la Unión Europea. Ahora, en un contexto geopolítico cada vez más complejo, la búsqueda de un equilibrio entre estos dos polos se ha vuelto crucial para el futuro del proyecto europeo.










