La isla caribeña, conocida por su exquisito tabaco, enfrenta una paradoja: mientras exporta productos de lujo, la mayoría de los fumadores locales se conforman con cigarrillos rellenos con tallos y polvo desechable, a los que el ingenio popular bautizó como "partepechos".
Según un artículo del periódico holguinero ¡Ahora!, la Empresa de Cigarros Lázaro Peña de esa provincia está decidida a "diversificar producciones y reducir costos", lo que en la práctica significa hacer más cigarrillos con menos tabaco. Bajo el paraguas de la "economía circular", la empresa incrementará el uso del polvo y de la vena central de la hoja, residuos que antes eran considerados "desechos industriales" pero que ahora resultan útiles porque "aportan peso y volumen".
Esta situación refleja una profunda contradicción en la industria tabacalera cubana. Mientras el discurso oficial celebra premios, innovación y sostenibilidad, el fumador común sigue encendiendo polvo prensado y tallos reciclados, una realidad que choca con la imagen de excelencia del tabaco cubano a nivel internacional.
La nota del periódico oficial adquiere una connotación inquietante, pues el cigarro deja de ser una experiencia sensorial para convertirse en un castigo obvio. La "innovación" consiste, básicamente, en oficializar lo que el fumador ya sospechaba: que en su cajetilla encontraría fragmentos más adecuados para prender un fogón que para una calada.
Todo esto ocurre en un país donde el tabaco forma parte de la cultura nacional desde mucho antes de la Revolución. Desde la época colonial, el tabaco no solo se volvió oficio y comercio, sino que ayudó a financiar nuestras guerras independentistas. Sin embargo, los trabajadores y directivos de la empresa Lázaro Peña no parecen tener reparos en estirar su relato de "excelencia" hasta terrenos francamente incómodos.
La nota presume de reciclar el papel sobrante del proceso productivo para fabricar "material didáctico" destinado a la Casita Infantil Los Criollitos, una asociación que lleva el nombre de una marca de cigarrillos, lo cual ya es discutible. Asociarlo, además, a una producción célebre por "romper pulmones", roza la crueldad.
El problema no es solo la baja calidad del cigarro nacional, ni siquiera el elevado precio que tiene una cajetilla en el mercado informal, sino el triunfalismo con que se gestiona y se cuenta esta realidad. Cuba exporta mito y fuma residuos. Y en esa contradicción, envuelta en humo y retórica, se resume buena parte del absurdo cotidiano.











