La crisis de la niñez hondureña se hace evidente en los hospitales públicos del país, donde seis de cada diez niños que ingresan lo hacen por problemas de desnutrición y anemia, una alarmante realidad que desnuda las profundas brechas sociales y la fragilidad de la infancia.
En las salas pediátricas, el diagnóstico se repite con preocupante frecuencia: niños con bajo peso, palidez extrema y claros signos de anemia. Estos pequeños, que deberían estar recibiendo atención por infecciones o cirugías de rutina, ocupan las camas debido a la falta de una alimentación adecuada.
Según la nutrióloga Rosa Sierra, del Hospital Escuela, esta no es una situación aislada, sino una tendencia que el personal médico observa a diario. La desnutrición y la anemia debilitan el organismo de los niños, agravando cualquier otra enfermedad y complicando su recuperación.
La raíz del problema se encuentra fuera de los muros hospitalarios. La inseguridad alimentaria, el alto costo de los alimentos y dietas pobres en hierro y proteínas empujan a las familias a priorizar la cantidad sobre la calidad de la alimentación. Muchos niños llegan al hospital porque su cuerpo ya no resiste la falta de una nutrición apropiada.
"Comer no siempre significa nutrirse. A esta realidad se suma la falta de educación nutricional, especialmente en comunidades con menos acceso a información y servicios básicos", explica la especialista.
La desnutrición no solo afecta la salud física de los niños, sino también su desarrollo cognitivo y su futuro. Un niño desnutrido tarda más en recuperarse, tiene defensas más bajas y enfrenta complicaciones más frecuentes, lo que se traduce en hospitalizaciones prolongadas y una mayor presión sobre un sistema de salud ya exigido.
Programas gubernamentales existen, pero no logran contener la magnitud del problema ni llegar a tiempo a todas las familias. Normalizar estas cifras sería aceptar que el hambre forme parte del crecimiento infantil, un riesgo que Honduras no puede permitirse.
Que niños desnutridos lleguen al hospital con hambre es una derrota colectiva. No falla la pediatría cuando diagnostica desnutrición; falla un país que permite que la niñez enferme por falta de alimentos. La verdadera urgencia está afuera, donde se decide si los niños crecen con comida... o con carencias que marcan toda una vida.












