El triunfo electoral de Donald Trump para un segundo período no consecutivo fue visto por venezolanos dentro y fuera de Estados Unidos como la última oportunidad de lograr una transición política en Venezuela. Sin embargo, la realidad fue muy distinta a las expectativas.
Lejos de priorizar el apoyo a la oposición venezolana, la nueva administración de Trump adoptó una postura cada vez más hostil hacia la comunidad migrante venezolana en Estados Unidos. La criminalización de los venezolanos, con la designación del Tren de Aragua como organización terrorista, fue una de las primeras medidas tomadas por el gobierno.
En este contexto, la líder opositora María Corina Machado no solo respaldó la narrativa oficial que estigmatizaba a los venezolanos, sino que también validó falsedades como la manipulación de las elecciones presidenciales de 2020. Su estrategia apuntaba a lograr el apoyo de la administración Trump a sus llamados a una intervención militar en Venezuela.
Tras una serie de ataques a embarcaciones en el Caribe y el Pacífico, el gobierno de Trump elevó la presión sobre el régimen de Maduro, confiscando buques petroleros que transportaban crudo venezolano. Finalmente, se produjo una incursión militar que culminó con la captura de Nicolás Maduro y Cilia Flores en la madrugada del 3 de enero.
Sin embargo, la decisión de Trump de descartar a la oposición, en concreto a Machado, ha sido devastadora para las aspiraciones de una transición democrática en Venezuela. El presidente estadounidense optó por aceptar la transitoriedad de Delcy Rodríguez, una figura cercana al chavismo, para encargarse de la transición.
Según el secretario de Estado, Marco Rubio, la debilidad opositora y la falta de cohesión no garantizaban una transición ordenada en manos de Machado. Para el gobierno de Trump, el interés prioritario es lograr la estabilización del país, incluso si eso implica negociar con figuras del régimen de Maduro.
Más allá de los cuestionamientos sobre la legalidad de la operación militar, la decisión de Trump de aceptar a Rodríguez refleja una demostración explícita de quién ejerce el poder en la región. Algunos expertos interpretan que la salida de Maduro, y no la caída del chavismo, fue el objetivo inicial de una estrategia más amplia cuyo propósito último es la implosión del régimen de La Habana.
En un escenario en el que el presidente Trump ha dejado claro que su interés está en el negocio petrolero, tiene sentido que la prioridad sea entenderse con alguien como Rodríguez, quien ha manejado la industria petrolera en Venezuela. Esto cobra relevancia ante las amenazas de Trump contra Cuba, cuyo secretario de Estado ha prometido la caída del régimen de La Habana.
El resultado preliminar de esta operación no puede ser más decepcionante, especialmente para Machado, quien ha sido apartada de su tan ansiado momento protagónico. La decisión de Trump de aceptar la transitoriedad de Rodríguez parece responder más a intereses geopolíticos y económicos que a las aspiraciones democráticas del pueblo venezolano.












