Panamá se encuentra en una encrucijada económica. Por un lado, cuenta con una privilegiada posición geográfica y una infraestructura logística de clase mundial, incluyendo el emblemático Canal de Panamá. Sin embargo, su industria de transformación sigue siendo débil y limitada, en contraste con su verdadero potencial económico.
Durante décadas, el país ha dependido principalmente del sector servicios, lo que ha permitido un crecimiento económico y reconocimiento internacional, pero también ha generado un desarrollo desigual y concentrado, con escasa capacidad de generar empleo industrial y oportunidades en las provincias.
En comparación, Costa Rica, con menos ventajas logísticas, ha logrado desarrollar una industria de transformación robusta, diversificada y competitiva, exportando productos procesados, tecnología médica y alimentos. Panamá, en cambio, sigue importando gran parte de los bienes procesados y exportando materias primas con poco valor agregado.
Según los datos, el sector manufacturero representa apenas alrededor del 5% del Producto Interno Bruto panameño, muy por debajo del promedio global. Aunque la industria total (incluyendo construcción) ronda el 26% del PIB, esto no se traduce en cadenas industriales sólidas ni en exportaciones de alto valor.
Ahora, Panamá enfrenta una decisión histórica: continuar siendo una economía dependiente casi exclusivamente de servicios o convertirse en una nación industrial moderna, competitiva, descentralizada y generadora de empleo digno. Y la construcción del tren desde la ciudad de Panamá hasta la frontera con Costa Rica podría ser la oportunidad para impulsar este cambio.
El autor, exdirector de La Prensa, propone la creación del Corredor Industrial Ferroviario Panamá Costa Rica, una estrategia de Estado que trascienda gobiernos y coyunturas políticas. Cada estación del tren debe convertirse en un parque industrial planificado, con infraestructura moderna, acceso a energía, agua, educación técnica y condiciones reales para que la industria florezca.
Esto implicaría la declaración de Zonas Económicas Especiales Industriales, no solo como espacios con exoneraciones fiscales, sino como ecosistemas económicos responsables que exijan empleo nacional, formación técnica, transferencia tecnológica y articulación con universidades y centros educativos.
El autor hace un llamado político al Presidente de la República y a los diputados provinciales, señalando que este proyecto no es solo un sueño económico, sino una obligación moral con el país. Se trata de descentralizar oportunidades, romper con décadas de centralismo económico y garantizar un futuro a los jóvenes en todas las provincias.
Panamá tiene el talento humano, la ubicación estratégica y la infraestructura logística para convertirse en una potencia industrial y mantener su rol como hub logístico. La pregunta ya no es técnica, sino política: ¿Tenemos la voluntad de hacerlo? El momento es ahora.












