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Mecanismo de Compensación: Cómo la Inseguridad Alimenta la Corrupción Política en República Dominicana

Mecanismo de Compensación: Cómo la Inseguridad Alimenta la Corrupción Política en República Dominicana

La corrupción endémica en República Dominicana no se explica únicamente por factores económicos o institucionales. Según un análisis psicológico, existe un mecanismo de compensación colectivo que transforma la herida histórica de la insuficiencia en una carrera desenfrenada por la grandiosidad aparente.

Amplios sectores de la clase política dominicana arrastran una percepción crónica de insuficiencia: origen humilde, educación incompleta, legitimidad democrática frágil o trayectoria profesional precaria antes del acceso al poder. Esa sensación de "no ser suficiente" nunca desaparece al llegar al cargo; al contrario, se agiganta.

El mecanismo de compensación entonces entra en acción con intensidad: el funcionario necesita demostrar, tanto a sí mismo como a los demás, que ya no es el mismo de antes, que ahora "vale" porque tiene dinero, porque exhibe riqueza y nadie volverá a mirarlo por encima del hombro.

La corrupción dominicana tiene una dimensión profundamente narcisista. El corrupto no solo quiere dinero, sino que necesita ser visto teniéndolo. La ostentación no es un efecto secundario del enriquecimiento ilícito, sino el objetivo principal. Cuanto más vacío siente el sujeto por dentro, más ruidosa debe ser la fachada.

Este fenómeno se agrava porque la sociedad dominicana, lejos de rechazar esa ostentación, la admira y la envidia al mismo tiempo. El "tigueraje cultural" -esa mezcla de fascinación y resentimiento hacia quien "se buscó lo suyo como sea"- opera como un refuerzo positivo del mecanismo de compensación. El mensaje colectivo es devastador: no importa cómo llegaste, lo importante es que llegaste.

Así, la corrupción se convierte en la vía más rápida y socialmente aceptada de ascenso en un país donde las vías legítimas siguen bloqueadas para la mayoría. El clientelismo político aparece entonces como una gigantesca maquinaria de compensación colectiva, donde el líder reparte puestos, contratos y prebendas no solo para comprar lealtades, sino para sentirse omnipotente y contrarrestar su propio miedo al vacío o al olvido.

La impunidad crónica actúa como el gran facilitador psicosocial de este mecanismo. Mientras el corrupto sabe que probablemente nunca pagará por sus actos, la compensación puede desplegarse sin límites. Los escándalos de corrupción no generan verg enza colectiva, sino emulación: "si otro lo hizo y está tranquilo, ¿por qué yo no voy a aprovechar cuando me toque?".

Mientras la sociedad dominicana no enfrente esa herida histórica de la insuficiencia, mediante la educación de calidad, la redistribución real de oportunidades y la construcción de una autoestima nacional que no dependa del consumo ostentoso, la corrupción seguirá siendo la solución psicológica que la sociedad enferma ha encontrado para no mirarse en el espejo.

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