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Los Reyes Magos y los regalos que nuestra sociedad necesita hoy

Los Reyes Magos y los regalos que nuestra sociedad necesita hoy

Los Reyes Magos llevaron oro, incienso y mirra al niño Jesús como una declaración ética, no solo un gesto romántico o decorativo. Dos mil años después, esos mismos regalos siguen teniendo un profundo significado para nuestra sociedad.

El oro que hoy necesitamos no se mide en riqueza material, sino en salud física y mental. Hemos normalizado el desgaste, la ingratitud y la indiferencia, lo que se refleja en el malestar social, el enojo constante y la violencia cotidiana. Aprender a cuidarnos a nosotros mismos, en lo que pensamos y sentimos, es el verdadero oro que debemos ofrecer.

El incienso, que representa gratitud y reconocimiento, escasea en nuestros días. Todo parece insuficiente, todo se reclama, poco se agradece. Incluso agradecernos a nosotros mismos por resistir y seguir adelante parece fuera de lugar. Una sociedad ingrata no construye comunidad, solo acumula frustración y resentimiento.

La mirra, amarga pero utilizada como bálsamo para el dolor, se traduce hoy en compasión. No la que se pronuncia en discursos, sino la que acompaña, la que se involucra, la que permanece cuando el otro duele. Nos hemos acostumbrado a mirar hacia otro lado, y sin compasión no hay tejido social, solo individuos aislados tratando de salvarse solos.

La lección de los Reyes Magos no es compleja, pero sí exigente. No se trata de lo que esperamos recibir, sino de lo que estamos dispuestos a dar: salud en lugar de desgaste, gratitud en lugar de soberbia y compasión en lugar de indiferencia. Mientras no asumamos esta lección, seguiremos recordando los regalos del pasado sin atrevernos a ofrecer los que hoy hacen falta.

Tal vez el verdadero problema no es que hayamos olvidado a los Reyes Magos, sino que olvidamos cómo se da. Hoy entregamos prisa, ruido y exigencia, y llamamos a eso normalidad. Pero una sociedad no se mide por lo que consume, sino por lo que ofrece cuando nadie la está mirando. Oro, incienso y mirra no eran objetos, eran decisiones. Y mientras no decidamos cuidar la vida, agradecer lo recibido y acompañar el dolor ajeno, seguiremos celebrando tradiciones sin aprender la lección que, desde hace siglos, sigue esperando ser asumida.

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