El conflicto entre Estados Unidos y Venezuela ha generado un cúmulo de emociones simultáneas: cautelosa alegría por los venezolanos, pero también preocupación por la grave violación a la soberanía y al derecho internacional.
Si bien existe un repudio absoluto a la dictadura de Nicolás Maduro, quien ha ocupado el poder de forma ilegítima y fraudulenta desde 2024, la acción militar de Estados Unidos para detenerlo ha sido cuestionada. El bombardeo y la detención de Maduro en suelo venezolano violentaron flagrantemente el derecho internacional y la Constitución de Estados Unidos, que exige autorización del Congreso para cualquier intervención militar en otro país.
Esto sienta un peligroso precedente, ya que abre la puerta a que otros países puedan actuar unilateralmente al margen del derecho internacional, como China en Taiwán o Rusia en Ucrania. Además, es evidente que Estados Unidos no busca una "liberación democrática" de Venezuela, sino ejercer su hegemonía sobre el país para controlar y comercializar el petróleo, tal como sucedió con Irak en 2003.
No obstante, es comprensible la reacción de los venezolanos que viven en el exilio, quienes celebran la caída del régimen de Maduro, aun cuando reconocen que las intenciones de Trump son espurias. Esto demuestra que el tema debe analizarse también desde la empatía, entendiendo el sufrimiento que han vivido los venezolanos por décadas bajo la dictadura.
En definitiva, si bien se celebra la detención de Maduro, la acción de Estados Unidos debe ser cuestionada y denunciada por su ilegalidad y los peligros que implica para la soberanía de los países latinoamericanos. Es importante que el poder en Venezuela sea entregado a Edmundo González, el presidente electo democráticamente en 2024, para que esto no termine siendo la sustitución de una dictadura por otra disfrazada de libertad.












