La ausencia de una verdadera democracia en Venezuela ha dejado de ser una percepción regional para convertirse en un consenso internacional. Incluso organizaciones tradicionalmente prudentes, como el comité del Premio Nobel, han reconocido esta realidad al otorgar el Premio Nobel de Paz a María Corina, una decisión que evidencia la gravedad de la crisis política venezolana y rompe con la habitual neutralidad del organismo frente a conflictos internos.
Lo ocurrido en Venezuela durante los últimos años no solo representa un colapso institucional, sino una tragedia humana de dimensiones históricas. Millones de venezolanos se han visto obligados a abandonar su país, huyendo de la represión, la pobreza y la falta de oportunidades. Solo en Colombia han ingresado más de dos millones de personas, una migración masiva que, pese a sus enormes desafíos, ha sido recibida con solidaridad, permitiéndoles acceso a empleo, salud y, en muchos casos, la posibilidad de reconstruir un proyecto de vida. Sin embargo, ningún acto de acogida puede borrar el dolor que implica el desarraigo forzado.
A este drama social se suma el deterioro del sistema democrático. Las pasadas elecciones estuvieron marcadas por irregularidades evidentes, lo que profundizó el rechazo del pueblo venezolano, que expresó en las urnas su inconformidad con un régimen que se mantiene en el poder mediante el fraude y la represión. A pesar del amplio rechazo internacional, la dictadura optó por ignorar la voluntad popular y aferrarse al poder, demostrando un desprecio absoluto por los principios democráticos.
En este contexto, la captura de Nicolás Maduro es una oportunidad para iniciar el restablecimiento de la democracia y la soberanía popular. Su salida del poder abre la posibilidad de recuperar la justicia, reconstruir las instituciones y poner fin a un sistema cooptado por la corrupción y la ilegalidad. No obstante, este proceso no puede darse de manera aislada; requiere del acompañamiento firme y responsable de la comunidad internacional para garantizar la convocatoria a elecciones libres, transparentes y legítimas en el menor tiempo posible.
No se trata de la detención de un presidente legítimo, sino de la captura de un gobernante señalado por graves violaciones a los derechos humanos, responsable de la persecución, la tortura y la muerte de miles de venezolanos que se atrevieron a oponerse a su régimen. Lo que el pueblo venezolano no pudo lograr por miedo y represión, fue alcanzado mediante la presión internacional y la acción del presidente Trump, luego de fracasar los intentos de una salida negociada. Aunque esta no sea la solución ideal en el escenario político global actual, sí representó una respuesta concreta frente a un régimen que cerró todas las vías democráticas.
Esperamos que la captura de Nicolás Maduro sea el inicio de una nueva esperanza para el pueblo venezolano, y que permita el restablecimiento de la democracia y la soberanía popular en el país.











