La Diablada de Píllaro, una danza ancestral que se celebra en Ecuador cada inicio de año, es mucho más que una simple festividad. Es un acto de rebeldía indígena y un símbolo de la lucha por la libertad y la identidad cultural del pueblo ecuatoriano.
Cada 1 al 6 de enero, las calles de Píllaro se llenan de diablos que bailan y lanzan sonidos guturales, acompañados de guarichas (hombres vestidos de mujer), parejas en línea que representan a la elite, y capariches, personajes que barren el camino para las comparsas conocidas como "partidas". Esta celebración, declarada Patrimonio Cultural Inmaterial de Ecuador, tiene sus orígenes en relatos populares que narran cómo, en tiempos antiguos, los hombres se disfrazaban de diablos para ahuyentar a quienes cortejaban a las mujeres de sus pueblos.
Según Patricio Carrera, cabecilla de una de las "partidas", la Diablada de Píllaro es "un acto de rebeldía de nuestros indígenas en repudio a la religión católica que nos vinieron a imponer los españoles". Otra versión cuenta que, en el pasado, los hacendados permitían a sus trabajadores "por año nuevo se regocijen bailando con su familia y liberar así el estrés del trabajo al que eran sometidos", usando máscaras de diablo.
Estas máscaras, antes simples, hoy son verdaderas obras de arte, hechas de varias capas de papel y llenas de detalles a mano: miradas desafiantes, arrugas, colmillos y cuernos de venado o carnero. Bailar con ellas exige una gran resistencia física, ya que los danzantes deben soportar horas de danza bajo el sol o la lluvia por las estrechas calles de Píllaro.
Carrera calcula que entre las cinco "partidas" que participan en esta tradición hay unos 10.000 diablos, algunos de ellos turistas locales y extranjeros que pagan 3 dólares para participar y financiar la banda musical que los acompaña.
Para muchos, la Diablada de Píllaro es "un ejercicio de unión nacional", como lo expresa Cristian Serpa, un participante que viajó cinco horas desde la provincia del Cañar. Sin embargo, algunos veteranos de la danza, como Jorge Andrade, lamentan la presencia de "mucho turista que baila y no sabe de la tradición".
A sus 81 años, Aurelio Guanín, quien bailó en la Diablada durante 60 años, ya no puede participar debido a problemas en su columna. Pero aún ayuda a la "partida" antes de que inicie el recorrido, recordando que Ecuador no olvida su historia: la convierte en danza, la viste de colores y la celebra como un acto eterno de libertad.












