La figura del presidente a menudo se percibe como inquebrantable e inmune a errores, pero es importante recordar que los mandatarios también son seres humanos. Uno de los mayores retos que enfrentan es la conformación de su gabinete, pues la política impone compromisos y equilibrios que a veces los obligan a nombrar a personas que no representan la mejor opción ética, gerencial o profesional.
Cuando un ministro, director o funcionario falla, el presidente también sufre las consecuencias. Así como un obispo se duele por un sacerdote que yerra, o una madre se aflige cuando un hijo pierde sus valores, también se duele un presidente al constatar que quienes lo acompañan traicionan la confianza depositada en ellos.
Los errores del gabinete no solo afectan la imagen del gobierno, sino que desgastan profundamente al jefe de Estado. Los presidentes no son de yeso, son hombres y mujeres con virtudes y defectos, cuya fortaleza se pone a prueba cada vez que alguien de su entorno actúa con negligencia o intereses personales.
El gran desafío está en saber escoger a los mejores gerentes públicos, capaces de ejecutar con ética y compromiso el desempeño de sus funciones. El éxito de un gobierno no depende solo del presidente, sino del conjunto de sus colaboradores.
En una ocasión, el expresidente Balaguer compartió su sabiduría al responder que su clave era mantener la salud, no tener compromisos con nadie y usar su sentido común. "Tomo las decisiones que debo tomar, aunque duelan; el interés de la nación está por encima de las pasiones y los intereses personales", afirmó.
Ser presidente, aunque parezca tenerlo todo, no es tarea fácil. Nuestro país espera que lo resuelva todo, incluso lo más simple. Y cuando no lo hace, lo juzgamos con dureza. Quizás olvidamos que, al final, también es un ser humano.










