El debut de Boca Juniors en el Torneo Clausura dejó una sensación amarga y secuelas profundas tras una derrota contundente frente a Deportivo Riestra. El resultado, que rozó el papelón, se materializó con tres goles concedidos en el primer tiempo, destacando una jugada donde un jugador rival aprovechó el rebote de un córner y recorrió el campo de área a área, superando a los defensores xeneizes hasta quedar mano a mano con el arquero. Este cachetazo, tan inesperado como fuerte, ha transformado el clima interno del club en cuestión de minutos.
Lo que se perfilaba como una semana ideal para consolidar el crecimiento del equipo terminó convirtiéndose en un escenario de máxima presión. Hasta este domingo, el ciclo liderado por Rodolfo Arruabarrena mostraba señales optimistas. El entrenador había comenzado su gestión con una victoria ante Sarmiento por la Copa Argentina y un resultado valioso de 1-0 frente a O'Higgins en la Bombonera. Aunque el fútbol no había sido brillante, el equipo había recuperado una solidez y un orden táctico que habían estado ausentes durante el semestre anterior.
Sin embargo, esa sensación de progreso se desmoronó en apenas 45 minutos de juego. El entrenador Rodolfo Arruabarrena reconoció la gravedad de la situación en conferencia de prensa, calificando la derrota como un "baño de realidad" y un "palo importante y duro". El técnico asumió la responsabilidad principal del resultado, instando al plantel a levantarse rápidamente, ya que en cuatro días deben enfrentar la definición de la Copa Sudamericana.
La caída fue consecuencia de una apuesta arriesgada del cuerpo técnico. Arruabarrena decidió realizar siete cambios en la alineación respecto al equipo que había disputado la Copa Sudamericana, con el objetivo lógico de administrar las cargas físicas pensando en la revancha continental. No obstante, el plan resultó contraproducente: Boca se mostró como un equipo desordenado, frágil en la zona defensiva, sin capacidad de reacción y con serias dificultades para generar juego ofensivo. Riestra capitalizó cada error cometido y liquidó el encuentro antes del descanso.
La imagen proyectada fue preocupante para el entorno xeneize, ya que recordó al equipo del semestre pasado bajo la conducción de Claudio Ubeda. Aquel periodo se caracterizó por un equipo largo, vulnerable, sin intensidad y con una pérdida rápida del control emocional, sensaciones que volvieron a aparecer este domingo, generando una inquietante sensación de déjà vu.
Ante los cuestionamientos sobre la profundidad de su plantel, Arruabarrena envió un mensaje claro y severo a sus dirigidos: "Yo fui claro con los jugadores: el que los pone soy yo, que no se saquen". Con estas palabras, el DT advirtió que quienes no estuvieron a la altura en el Bajo Flores podrían perder su lugar por falta de méritos, aunque aclaró que no dejará de creer en ellos solo por un mal rendimiento, recordando que las oportunidades en Boca deben aprovecharse.
El análisis individual también dejó dudas. Jugadores que buscaban aprovechar la rotación, como Braida, Di Lollo, Pellegrino, Alarcón y Velasco, no respondieron a las expectativas. Ni siquiera los titulares que se mantuvieron en el once ni los cambios realizados en el segundo tiempo lograron revertir la tendencia del partido.
Este escenario cambia drásticamente la perspectiva del partido del jueves contra O'Higgins por los playoffs de la Copa Sudamericana. Lo que era un encuentro para confirmar la clasificación a octavos de final se ha transformado en una verdadera final. Boca deberá defender la mínima ventaja de 1-0 conseguida en la Bombonera y demostrar que puede reaccionar inmediatamente después de un golpe que reabrió heridas viejas.
El margen de error para Arruabarrena se ha reducido al mínimo apenas en su tercer partido al frente del equipo. Una clasificación en Rancagua devolvería la calma y sostendría el crédito de un proceso que recién comienza. Por el contrario, una eliminación representaría un nuevo fracaso internacional y un impacto devastador para un ciclo que apenas daba sus primeros pasos.
El clima en el vestuario tras el partido fue desolador. El entrenador describió el ambiente como un "cementario", admitiendo que es natural que la derrota duela, pero subrayando que no hay tiempo para lamentos, sino para corregir errores. El próximo jueves será una noche decisiva que marcará si el papelón frente a Riestra fue un accidente o si los cimientos del equipo siguen siendo inestables.

