A casi seis décadas del fallecimiento de Violeta Parra (1917-1967), la figura de la artista popular chilena más influyente a nivel mundial sigue generando análisis y nuevas revelaciones. En esta ocasión, el centro de atención es la publicación de la investigación "Violeta y Gilbert. Una historia de amor, locura y música", escrita por la musicóloga, música y profesora Patricia Díaz-Inostroza. La obra, editada por Pehuén en 2026, es una versión ampliada y enriquecida con material fotográfico de un texto que circuló inicialmente en 2023 en una edición limitada de 200 ejemplares.
En más de 400 páginas redactadas bajo el estilo de novela de no ficción, Díaz-Inostroza se propone desenredar el vínculo sentimental entre la cantautora sancarlina y el músico suizo Gilbert Favre. La investigación no solo explora la relación personal, sino que analiza profundamente cómo este vínculo dejó huellas imborrables en la ruta musical de Parra, diseccionando la composición de clásicos como "Run Run se fue pa'l norte", "Gracias a la vida", "Corazón maldito" y "Maldigo del alto cielo".
Uno de los puntos más controvertidos del libro es el abordaje del suicidio de Violeta Parra. La autora sostiene que, si bien el desamor y el sufrimiento causado por la relación con Favre durante el último año de vida de la artista fueron factores relevantes, no fueron la única razón de su decisión final. Díaz-Inostroza menciona que este planteamiento ha generado fricciones con otras expertas en la obra de Parra, quienes consideran que atribuir tal peso a la relación sentimental reduce a la artista a una figura emocionalmente débil, una perspectiva especialmente criticada en ámbitos feministas. Sin embargo, la investigadora defiende que Violeta era una mujer apasionada y que los amores eran ejes centrales y relevantes de su existencia.
El libro también se encarga de desmitificar la figura de "El Gringo" y las circunstancias de su encuentro. Mientras que versiones previas, como el libro de Ángel Parra Cereceda o la película "Violeta se fue a los cielos", sugieren que el encuentro ocurrió el 4 de octubre de 1960 gracias a la mediación de Ángel Parra, Díaz-Inostroza presenta una versión distinta. Según la autora, Favre llegó a Chile en 1960 vinculado a un proyecto arqueológico sobre geoglifos en el Desierto de Atacama. Para financiar su viaje, el suizo escribía reportajes y, en sus recorridos por Santiago, terminó en una disquería de calle Ahumada, desde donde fue derivado al Conservatorio de la Universidad de Chile.
En el Conservatorio, Favre —quien en ese momento era en realidad un tramoya del Teatro de Ginebra— fue informado de que las personas que más sabían de folclor chileno eran Margot Lopyola y Violeta Parra. Tras coordinar con la fotógrafa Adela Gallo, se concretó la visita a la artista el 4 de octubre. Según el testimonio de Gallo, Violeta estaba molesta en ese momento, pero su actitud cambió drásticamente cuando Adela le presentó al suizo diciéndole: "Violeta, no te enojes, que te traje un gringo de regalo". Díaz-Inostroza aclara que Ángel Parra probablemente se confundió en sus recuerdos, ya que él llevó a Favre a casa de su madre en una segunda ocasión, después de que el suizo regresara del desierto.
Respecto a la dinámica de la pareja, la autora rechaza la etiqueta de "vínculo tóxico" desde una perspectiva machista. Describe a ambos como personas de carácter fuerte que podían llegar a tener peleas violentas, pero que veían esto como algo natural dentro de su pacto afectivo. Incluso destaca la independencia de la artista, recordando que en 1961 Violeta viajó sola a Europa, dejando a Gilbert en Buenos Aires.
Finalmente, la investigación arroja luz sobre la inspiración musical. Favre, descrito como un espíritu libre similar a "Zorba el Griego" y amante del jazz y de Charlie Parker, es la musa detrás de piezas fundamentales. "Run Run se fue pa'l norte" es analizada como una respuesta sarcástica a una carta que Gilbert envió desde Bolivia. Por otro lado, la autora redefine "Gracias a la vida" no como una canción filosófica o vitalista, sino como una auténtica canción de amor dedicada al hombre que amaba. Díaz-Inostroza señala que, aunque la letra es positiva, la grabación de octubre de 1966 refleja el estado oscuro y el lamento de una artista que ya buscaba alejarse del mundo. En el extremo opuesto se encuentra "Maldigo del alto cielo", donde Parra expresa la traición y el desamor, cerrando el ciclo de una relación que marcó el final de su vida y la cima de su obra.


