La noche del domingo 22 de julio de 1934, J. Edgar Hoover, jefe del Bureau of Investigation (BOI), convocó a la prensa con un anuncio que marcaría su carrera: el abatimiento de John Dillinger, el criminal más buscado de los Estados Unidos. Según la versión oficial, el asaltante de bancos fue interceptado a la salida de un cine en Chicago mientras intentaba escapar de un equipo de detectives creado específicamente para su captura. "Hemos abatido al Enemigo Público número uno", declaró Hoover con jactancia.
Para eliminar cualquier duda sobre la identidad del fallecido, el BOI hizo públicas las huellas dactilares del cuerpo que yacía en la morgue del condado de Cook. Además, bajo el permiso de Hoover, el cadáver fue expuesto en una sala donde miles de ciudadanos desfilaron para observar los restos del famoso gánster. Sin embargo, la crónica publicada por el Chicago Tribune comenzó a sembrar la discordia al contradecir la versión oficial. Mientras el BOI hablaba de un enfrentamiento, el diario detallaba que los agentes dispararon cuando Dillinger no tuvo tiempo siquiera de llevar la mano al bolsillo para sacar su arma. El impacto fue brutal: el balazo fatal entró por la nuca, cortó la médula espinal, subió al cerebro y salió por el ojo derecho.
A pesar de los esfuerzos de Hoover, la duda sobre la identidad del muerto persistió. La autopsia realizada por el médico forense J.J. Kearns señaló que el cuerpo no correspondía exactamente a las fichas penitenciarias de Dillinger. Informes policiales indicaron que los extremos de los dedos habían sido mutilados con ácido, que el vello facial estaba teñido de negro y que el rostro presentaba alteraciones quirúrgicas que lo hacían lucir más duro y cruel. Surgió entonces la teoría de que el muerto era en realidad Jimmy Lawrence, un delincuente menor que habría sido utilizado en un engaño orquestado por el propio Dillinger y sus compañeras.
El escándalo creció el 3 de agosto, cuando un diario afirmó que el cerebro del cadáver había sido extraído con autorización de Hoover para ser estudiado por neurólogos. A este clima de sospecha se sumaron las últimas palabras de Harry Pierpont, el último sobreviviente de la banda de Dillinger, quien antes de ser electrocutado el 17 de octubre de 1934 sentenció: "Yo soy el único que sabe toda la verdad y me la llevo conmigo". Estas palabras fueron interpretadas como un ataque directo a la credibilidad de Hoover.
La figura de Dillinger había dividido a la sociedad estadounidense. Para muchos, era un criminal; para otros, un símbolo de justicia que asaltaba bancos en medio del crack financiero de 1929. Su trayectoria criminal comenzó a los 21 años, tras pasar nueve años en prisión por un asalto fallido. En la cárcel aprendió la "teoría del oficio" y formó su primera banda. Al recuperar la libertad en 1933, inició una racha vertiginosa de asaltos con un modus operandi preciso: cinco hombres entraban al banco, uno esperaba en el auto y Dillinger gritaba su famosa frase: "todo el mundo al suelo".
Dillinger fue famoso por sus fugas espectaculares. En una ocasión, fue rescatado de la prisión de Lima por cómplices disfrazados de policías que asesinaron al sheriff. En otra oportunidad, escapó de la cárcel de Crown Point utilizando un revólver tallado en madera y oscurecido con betún para engañar a los guardias. Su carrera también estuvo marcada por un incendio en el Historic Hotel Congress de Tucson, donde fue reconocido por bomberos mientras celebraba con champagne un botín de 25.000 dólares.
Su caída final fue posible gracias a Anna Sage, una inmigrante rumana ilegal que, buscando legalizar su residencia, contactó al BOI. Sage informó que Dillinger asistiría al Biograph Theatre para ver "Manhattan Melodrama", una película que, irónicamente, trataba sobre un gánster ejecutado. Los agentes, liderados por Melvin Purvis, esperaron a que terminara la función. Purvis dio la señal encendiendo un cigarro, momento en el cual los agentes dispararon contra el hombre que Anna Sage había identificado.
El misterio no terminó con la sepultura de Dillinger en el cementerio de Crown Hill. En 2019, Carol Thompson, sobrina del criminal, solicitó la exhumación del cuerpo para realizar una prueba de ADN. El FBI se opuso inicialmente, asegurando que sus archivos eran suficientes. Aunque el Departamento de Salud de Indiana aprobó la solicitud el 31 de diciembre de ese año, la pandemia de Covid-19 retrasó el proceso. Sorpresivamente, una vez terminada la emergencia sanitaria, la señora Thompson desistió de la exhumación sin dar explicaciones, alimentando rumores sobre presiones ejercidas por la agencia federal para evitar que la imagen de J. Edgar Hoover sufriera una mancha imborrable.

