La relación entre la fe en lo místico y la realidad tangible ha sido, para muchos, un camino lleno de incertidumbres y anécdotas. En un relato personal que reflexiona sobre la búsqueda de consuelo en tiempos de duelo, se expone cómo una experiencia con una vidente terminó por transformar la percepción sobre lo sobrenatural, convirtiéndose en una lección sobre la supervivencia y la verdad.
Todo comienza con una máxima familiar transmitida por un abuelo, quien sostenía la creencia de que, aunque no creía en las brujas, estaba convencido de que estas existían. Esta filosofía invitaba a mirar más allá de lo evidente, sugiriendo que existen misterios profundos, comparables en magnitud al cráter del volcán Tungurahua, cuya potencia y capacidad de daño son conocidas.
Durante la juventud, una etapa marcada por incertidumbres y tragedias personales, la autora relata haber buscado refugio en diversas prácticas adivinatorias. El tarot, la lectura del café, las cartas astrales y los horóscopos fueron las herramientas utilizadas para intentar hallar respuestas. Aunque menciona que evitó a los chamanes de Santo Domingo por el rechazo a ciertas prácticas como el escupir, el interés por el esoterismo estaba muy presente en su círculo social.
En aquel entonces, el libro de cabecera entre sus amistades era un manual de compatibilidad zodiacal. En él, analizaban minuciosamente las relaciones según los signos: desde la dinámica entre un hermano Géminis y un Sagitario, hasta la relación laboral entre un jefe Leo y un colaborador Capricornio. Especialmente, el foco estaba puesto en la compatibilidad amorosa, una práctica común en adolescentes que, según reconoce la autora, se basaba en elucubraciones y lugares comunes.
Esta etapa incluyó la aceptación de estereotipos astrológicos, como la idea de que los acuarianos pertenecen a "otro mundo", y momentos de fantasía donde creía poder comunicarse con delfines o imaginaba que su domicilio se encontraba en la "segunda estrella a la derecha y todo recto hasta el amanecer".
Sin embargo, el punto de inflexión ocurrió tras una tragedia familiar. Sus dos abuelos, el materno y el paterno, fallecieron con apenas un día de diferencia. Ambos poseían rasgos distintivos en su mirada: uno tenía los ojos verdes y el otro los ojos azules. Ante el dolor profundo que afectaba tanto su alma como su cuerpo, la autora decidió recurrir a una vidente con la esperanza de establecer una conexión con el más allá y aliviar su sufrimiento.
La sesión se desarrolló en un ambiente típico de estas prácticas: luces tenues y el aroma a incienso recién encendido. La autora optó por no dar ninguna información previa, esperando que la capacidad de la vidente revelara la verdad. El encuentro comenzó cuando la mujer, con voz profunda, afirmó: “Tu abuelo te extraña”. Ante esto, la autora preguntó: “¿Cuál?”, a lo que la vidente respondió con aplomo: “El que acaba de morir”.
La insistencia de la autora en preguntar nuevamente “¿Cuál?” llevó a la vidente a intentar una descripción más específica, señalando que se trataba del “de los ojos claros”. Dado que ambos abuelos tenían ojos claros (verde y azul), la vidente quedó en silencio, quedando en evidencia la falta de veracidad de sus afirmaciones. Tras este momento, la mujer intentó justificar la situación con argumentos insípidos que terminaron en el olvido.
A pesar de su interés juvenil, la autora siempre marcó un límite claro: nunca participó en la invocación de los llamados “espíritus chocarreros”. Consideraba que abrir esa "caja de Pandora" era tocar fondo, un territorio reservado para personas más avezadas. Debido a esta postura, sus amigas la catalogaban como prudente, cautelosa, tímida o incluso "poco atrevida", excluyéndola de sesiones con médiums.
Al final, la experiencia dejó una conclusión clara: las respuestas fundamentales no se encuentran en una bola de cristal, sino en la capacidad de aprender a sobrevivir a las pérdidas sin recurrir a falsas promesas. La historia cierra retomando la sabiduría del abuelo: la coexistencia entre la incredulidad y la aceptación de que existen cosas que escapan a la comprensión lógica, pero que no necesariamente ofrecen la cura al dolor.


