La experiencia humana a menudo se entrelaza con los eventos deportivos de una manera que trasciende el simple juego. Para algunos, una final de fútbol es solo un partido; para otros, es el telón de fondo de batallas mucho más profundas y personales. Este es el caso de un relato que nos transporta a 2022, específicamente a una Unidad de Cuidados Intensivos (UCI) pediátrica en Barcelona, donde la tensión de una final del Mundial de Qatar coincidió con el renacimiento de un niño llamado Bruno.
En el entorno del hospital San Joan de Deu, la convivencia forzada por la enfermedad crea vínculos singulares. El autor del relato describe un espacio donde el reconocimiento mutuo se produce a través de los ojos, asomando por encima de los barbijos, identificando a los demás por el color de su iris, el nombre del paciente o su procedencia geográfica. En este escenario, la identidad se vuelve un mosaico complejo. El narrador describe una mezcla cultural indescifrable: un acento aragonés con zetas y tildes en la llana que se fusionó con los modismos del chapaquismo, mientras que las raíces maternas unían lo boliviano y lo argentino. Referencias a La Quiaca, Villazón, Palpalá, el peronismo federal y las Malvinas configuran un paisaje de continuidad entre dos mundos que, en última instancia, resultan iguales.
Durante aquella final, la figura de Lionel Messi actuó como un elemento cohesionador en la ciudad cosmopolita de Barcelona. El ícono argentino movilizó a toda una generación de enfermeros, médicos, auxiliares y personal de limpieza del hospital, extendiendo su influencia desde la Diagonal hasta los barrios más diversos de la ciudad. A pesar de que la partida de Messi al PSG había sido recibida con el sentimiento de un funeral en el hospital, el "seny catalán" permitió procesar el golpe, manteniendo viva la ilusión de ver campeón al "hijo pródigo".
El rival era la selección de Francia y un joven Mbappé. En la Cataluña plurinacional, la postura era clara respecto a quién debía ganar, en un contexto donde el fútbol se convertía en el lenguaje común. Una UCI pediátrica es, por naturaleza, un lugar de emociones contenidas y a flor de piel. Allí, la supervivencia y la esperanza se sostienen en los "verbos de apoyo", en las miradas, las caricias, un dibujo o un juguete, e incluso en un peinado loco diseñado para arrancar una sonrisa. En ese espacio, existen temas que no se pueden mencionar, como la posibilidad de perder, pues hay cosas que escapan a la razón y la voluntad, y que simplemente deben ser aceptadas.
La tarde de la final, el habitáculo del autor se convirtió en el centro de atención. Médicos, enfermeras, mucamas y hasta el reponedor de la máquina de café se sumaron a la experiencia. Juntos vivieron los goles, el sufrimiento de los penales y la celebración final cuando Messi se coronó campeón del mundo. En aquel instante, el sistema milimetrado y falible del hospital, que oscila entre la fe y la ciencia, sintió que se hacía un acto de justicia en medio de tantas injusticias cotidianas.
Sin embargo, la efimeridad del deporte quedó clara un minuto después del pitido final. La realidad se impuso rápidamente a través de las alarmas y la cadencia del pitido, retomando la cruda rutina vital de la UCI. Esta experiencia refuerza la idea de que el fútbol es "lo más importante de las cosas que no son importantes", sirviendo como una excelente metáfora para explicar la vida y el mundo.
Bajo esta premisa de que el fútbol nunca es solo fútbol, se ha anunciado una iniciativa periodística en El País. Tres de las plumas más destacadas del país, Erik Ortega, Alfonso Cortez y Rafael Sagárnaga, coordinados por el director Jesús Cantín, compartirán una serie de crónicas mundialistas desde este martes y hasta la final del 19 de julio. El objetivo es ofrecer reflexiones y emociones sobre el evento futbolístico más grande del planeta. A este proyecto ya se han sumado Karina Vargas, Mariana Ruíz, Marcelo Suárez y Pablo Carbone, mientras el medio mantiene abierta la convocatoria para quienes deseen sumarse a través del correo electrónico institucional.

