La economía de China enfrenta un momento de desaceleración. Durante el segundo trimestre, el gigante asiático registró un crecimiento interanual del 4,3%, marcando su ritmo más débil en más de tres años. Esta cifra quedó por debajo de las estimaciones y representa un descenso frente al sólido 5% alcanzado entre enero y marzo.
Lynn Song, economista jefe para Gran China en ING Bank, señaló que este ha sido el trimestre de menor crecimiento desde el cuarto trimestre de 2022, periodo afectado por los confinamientos. En este contexto, Pekín se ha fijado un objetivo de expansión anual de entre el 4,5% y el 5%, la meta más baja desde que se empezaron a publicar estas cifras a principios de la década de 1990.
A pesar del freno general, existen sectores que muestran resistencia. El dinamismo se concentra en tecnologías de punta: la inteligencia artificial y la demanda mundial de vehículos eléctricos impulsaron las exportaciones, que avanzaron un 17,6% en el primer semestre. Asimismo, la producción industrial creció un 5,3% en junio y las ventas minoristas se recuperaron con un aumento del 1,0%.
Sin embargo, persisten riesgos significativos. El encarecimiento de los combustibles y las materias primas, impulsado por la inflación global, podría afectar la confianza del consumidor y la producción manufacturera. Sobre esto, el FMI advirtió que una posible reanudación del conflicto en Medio Oriente podría prolongar la volatilidad de los precios y amenazar las cadenas de suministro.
Finalmente, algunos economistas advierten sobre un desequilibrio interno. Mientras el apoyo estatal se concentra en chips, robótica e inteligencia artificial, los sectores tradicionales de manufactura de bajo valor añadido y los servicios intensivos en empleo se encuentran estancados.
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