La exploración de Venus, el planeta considerado el «gemelo» de la Tierra, representa uno de los desafíos técnicos más extremos para la ingeniería aeroespacial contemporánea. A pesar de que existen planes para enviar nuevas sondas en los próximos años, la realidad es que ninguna de las misiones previstas actualmente contempla un análisis detallado y prolongado de su superficie. Un ejemplo de ello es la sonda DAVINCI, que aunque alcanzará el suelo venusino, no ha sido diseñada para resistir durante mucho tiempo las condiciones brutales del entorno.
Este vacío en la exploración superficial se remonta a 1985, año en que las sondas soviéticas VeGa 1 y 2 fueron los últimos artefactos humanos en estudiar el terreno de Venus. Desde entonces, ningún objeto fabricado por el hombre se ha posado en el planeta vecino, debido principalmente a que sobrevivir a temperaturas de 460 ºC y una presión atmosférica de 92 atmósferas requiere una resistencia excepcional. En su momento, las naves soviéticas de los programas Venera y VeGa fueron construidas como auténticos acorazados de titanio, pero incluso así, su supervivencia fue efímera; la Venera 13, en marzo de 1982, alcanzó un máximo de 127 minutos de operatividad.
Para la comunidad científica, prolongar el tiempo de estancia en la superficie es fundamental. Solo mediante un estudio extenso sería posible detectar terremotos venusinos, lo que permitiría conocer la estructura interna del planeta, además de analizar la evolución temporal y la composición de la atmósfera a nivel superficial. Sin embargo, el diseño de una nave capaz de soportar tales condiciones es sumamente complejo. En la última propuesta de misión Flagship de la NASA de 2020, se optó por una sonda tipo Venera con una vida útil de entre seis y ocho horas, una mejora respecto a las soviéticas, pero insuficiente para los requerimientos científicos. La única alternativa planteada en dicha propuesta fue el robot LLISE (Long-Lived In-Situ Solar System Explorer), capaz de resistir 118 días, aunque con un retorno científico modesto. Dentro de este programa también se estudió el SAEVe (Seismic and Atmospheric Exploration of Venus), que proponía desplegar tres sondas de 45 kg para detectar movimientos sísmicos.
Ante este escenario, surge la propuesta europea denominada KYTHERA. El objetivo ideal es una sonda con una carga científica considerable y un sistema de refrigeración activo. Dado que la luz solar es casi inexistente en la superficie, se han descartado los reactores de fisión por su peso excesivo y los aerogeneradores por su dependencia de vientos constantes y sus partes móviles. En su lugar, KYTHERA utilizaría dos generadores RTG de tipo Stirling, que emplean isótopos radiactivos y partes móviles para aumentar la eficiencia.
Con una masa de unos 350 kg, KYTHERA tiene previsto aterrizar entre 2035 y 2037 en la zona de Lakshmi Planum. Esta planicie volcánica es representativa de casi un tercio de la superficie del planeta y presenta una ventaja estratégica: su altitud, situada entre los 2900 y 3200 metros, modera ligeramente las condiciones ambientales, reduciendo la temperatura a 430 ºC y la presión a 77 atmósferas.
En términos de rendimiento, KYTHERA podría sobrevivir más de 200 días. Sus funciones incluirían la detección de terremotos, el análisis atmosférico cada doce horas y la realización de más de 20 análisis de composición superficial mediante espectrometría Raman. Durante su descenso, capturaría fotografías con una resolución de un metro por píxel. Para la transmisión de datos, que se estima en 6 MB por día terrestre, se apoyaría en un orbitador con un periodo de 24 horas.
El diseño estructural de KYTHERA consistiría en un fuselaje esférico de doble casco, donde ambos volúmenes estarían sometidos al vacío para evitar la conducción del calor. Esto permitiría mantener el volumen interno, o «caja fría», a unos 30 ºC para proteger los sistemas e instrumentos. El único componente externo sería el sismómetro HOTTech, diseñado por el centro Glenn de la NASA, que se desplegaría mediante un brazo mecánico.
A pesar de su atractivo, la misión KYTHERA enfrenta un obstáculo crítico: la tecnología de los reactores RTG Stirling no está lo suficientemente madura y su desarrollo fue congelado por la NASA hace años. Por ello, el futuro de esta propuesta dependerá en gran medida de los datos que proporcionen las próximas misiones de cartografía y la sonda DAVINCI, los cuales permitirán plantear una misión de superficie sobre bases más sólidas.


