En un giro inesperado del destino, David Jara y Alejandra Reyes, dos personas que dedicaron décadas de sus vidas a la búsqueda de la soledad absoluta y la vida contemplativa, encontraron el uno en el otro un amor que redefine su concepto de fe. Tras haber transitado por monasterios y ermitas, hoy viven juntos en la isla de Chiloé, describiéndose a sí mismos como "ermitaños casados".
La historia de Alejandra Reyes, chilota de 48 años oriunda de Ancud, comenzó su camino espiritual a los 9 años. Aunque en su adolescencia mantenía una vida social activa, a los 16 años sintió un llamado profundo hacia la vida religiosa. A los 19 años ingresó al Carmelo, donde permaneció como monja carmelita descalza durante 20 años. A pesar de su felicidad en el monasterio, Alejandra desarrolló un anhelo aún más profundo de retiro y pobreza, buscando asemejarse al Jesús itinerante del Evangelio.
Este deseo de soledad extrema la llevó a iniciar un proceso de discernimiento que duró diez años. Finalmente, obtuvo el permiso para vivir como ermitaña, trasladándose a una parcela en San Manuel, localidad de Melipilla, donde se instaló en una pequeña cabaña. Según relata, en aquel periodo fue la única monja consagrada católica viviendo como ermitaña en Chile.
Por su parte, David Jara, también de 48 años y oriundo de Lota, sintió su vocación desde los 8 años. Tras un periodo de juventud marcado por excesos y vicios mientras trabajaba en Calama, David experimentó un vacío que lo impulsó a regresar a su fe. Tras visitar un convento en Casablanca, decidió dejarlo todo y postuló a una comunidad religiosa en Francia, donde vivió durante 11 años. Al igual que Alejandra, David sintió la necesidad de profundizar en la experiencia de la soledad, lo que lo llevó a regresar a Chile y establecerse también en San Manuel, Melipilla.
Fue en este remoto lugar donde sus caminos se cruzaron. Cada uno vivía en su propia cabaña, manteniendo una distancia respetuosa, pero compartiendo el mismo "idioma espiritual". Durante meses intercambiaron pocas palabras, reconociéndose mutuamente como personas que entendían la "locura de la soledad".
El vínculo se fortaleció cuando Alejandra regresó a Chiloé y consiguió un trabajo cuidando una cabaña extremadamente aislada en Chepú, sin electricidad ni agua potable. Alejandra propuso a David una alianza: turnarse el cuidado del lugar, pasando seis meses cada uno. Mientras David cumplía sus turnos, se comunicaban ocasionalmente por WhatsApp. Fue en esa soledad frente al océano donde Alejandra comenzó a sentir un amor profundo por David, aunque mantuvo sus sentimientos en secreto para no distraerlo de su camino espiritual.
El paso final hacia su unión ocurrió cuando personas de la zona les ofrecieron un parque para establecer dos ermitas y vivir allí. Al comenzar a verse con más frecuencia, Alejandra confesó sus sentimientos, revelando que lo que sentía era una necesidad profunda de compartir la vida. David correspondió a este sentimiento, reflexionando que el amor verdadero consiste en encontrarse en el otro a través del amor a uno mismo.
La pareja decidió abandonar la vida monástica con la bendición de sus superiores. Se instalaron juntos en una pequeña cabaña de 4 por 4 metros en Chepú, la cual describieron como su propio "Edén". El 29 de abril se casaron en una ceremonia civil y religiosa, esta última oficiada por un sacerdote argentino. La celebración fue un festejo tradicional chilote que reunió a 140 personas y contó con la preparación de curanto por parte del sindicato de pescadores local.
Aunque algunos sectores idealizaron la imagen de Alejandra como monja y no recibieron bien su decisión, sus familias y comunidades religiosas reaccionaron mayoritariamente con felicidad y respeto. Actualmente, David y Alejandra viven en un nuevo hogar junto a su gata y emprendieron un negocio de chocolates y delicias en un food truck ubicado en el embarcadero de Chepú.
Ambos aseguran que su matrimonio no anula sus aprendizajes monásticos. "Somos ahora ermitaños casados", afirma Alejandra, subrayando que siguen siendo enamorados de Cristo y de su misión. David, por su parte, sostiene que la verdadera soledad no es un escape, sino un proceso de transformación que permite enfrentar los propios fantasmas para luego relacionarse con los demás desde una mayor empatía y cariño.


