El camino hacia la máxima cita del fútbol mundial suele estar pavimentado con talento, pero en el caso de Julián Quiñones, la trayectoria estuvo marcada por un esfuerzo constante, sacrificios personales y decisiones complejas. El delantero colombo-mexicano, quien logró anotar para la selección de México en el escenario más importante del deporte rey, posee una historia que se originó mucho antes de las luces de los estadios internacionales, específicamente en Magüí Payán, en el departamento de Nariño, Colombia.
Para comprender la magnitud de sus logros, es necesario remitirse a sus inicios formativos en Fútbol Paz. César Valencia, director deportivo de dicha institución, ha señalado que la mentalidad del atacante fue un pilar fundamental para superar los obstáculos que enfrentó desde una edad temprana. Según Valencia, quien concedió una entrevista a Infobae Colombia, las dificultades inherentes a la zona de Nariño moldearon el carácter del jugador, convirtiendo las circunstancias adversas en un motor de crecimiento.
Más allá de sus capacidades técnicas con el balón, la motivación principal de Quiñones fue su núcleo familiar. El deseo de sacar adelante a los suyos fue el factor determinante que impulsó al futbolista a asumir su carrera con una determinación superior. Este proceso de formación comenzó formalmente en enero de 2014, cuando Quiñones llegó a Fútbol Paz con apenas 16 años, tras haber sido detectado en una veeduría diseñada para encontrar nuevos talentos.
Durante aquel proceso de selección, el joven delantero llamó la atención de inmediato gracias a su capacidad goleadora, anotando cuatro goles que convencieron al club de integrarlo a su estructura. Sin embargo, el paso al profesionalismo implicó un cambio drástico en su vida personal. Para poder desarrollarse deportivamente, Quiñones tuvo que alejarse de su entorno cercano y adaptarse a la vida en una casa hogar gestionada por el club.
César Valencia destacó que esta capacidad de adaptación no es común en jóvenes de esa edad y que demuestra la fortaleza mental del jugador. La disciplina y la rutina de la casa hogar fueron pasos necesarios para construir el atleta que el mundo conocería años después. En el terreno de juego, los resultados no tardaron en llegar. Durante su estancia en Fútbol Paz, Quiñones alcanzó registros notables, incluyendo la conquista de un campeonato nacional sub-17, donde se coronó como goleador con un total de 58 anotaciones.
Dentro de esa etapa juvenil, ocurrió un hecho extraordinario que resalta su instinto asesino frente al arco: en un solo partido, contando con apenas 15 años, el delantero consiguió marcar 17 goles. Para Valencia, una cifra casi inaudita en el fútbol juvenil a nivel global, este registro fue una muestra clara de su potencial. No obstante, el éxito de Quiñones no se limitó a las estadísticas; el director deportivo subrayó que el jugador combinaba el talento con una potencia física y una intensidad en las llegadas al área que lo hacían letal en la definición.
El siguiente gran reto llegó en 2015, cuando el futbolista decidió dejar Colombia para buscar oportunidades en México. Su destino fue Tigres, un equipo que en ese momento contaba con una plantilla sumamente competitiva y figuras de talla mundial, como André-Pierre Gignac. El camino para ganarse un espacio en el primer equipo no fue sencillo, requiriendo de paciencia y un trabajo arduo para sobresalir en un entorno de alta exigencia.
A pesar de la competencia, Quiñones mantuvo su capacidad goleadora. En su primer torneo nacional sub-20 en México, volvió a terminar como campeón de goleo, reafirmando la tendencia que marcaría toda su trayectoria profesional: ser el máximo anotador en cada lugar donde llegara.
Su carrera continuó ascendiendo a través de diversos clubes, pasando por Lobos BUAP, Atlas y el Club América de México, para posteriormente vivir una experiencia en Arabia Saudita. En cada una de estas etapas, el delantero siguió creciendo técnicamente hasta consolidarse como uno de los atacantes más destacados del fútbol mexicano. Debido a que desarrolló toda su carrera profesional en territorio azteca desde 2015, el jugador inició su proceso de nacionalización, convirtiéndose en ciudadano mexicano y alcanzando el sueño de representar a la selección nacional.
Para quienes fueron testigos de sus primeros pasos en Nariño, su presencia en una Copa del Mundo es el cierre de un ciclo de perseverancia. Como lo resume César Valencia, salir de un lugar como Magüí no es tarea fácil, lo que convierte los goles de Quiñones en el resultado final de años de sacrificio y una voluntad inquebrantable.


