En el marco de la celebración del Día Mundial del Donante de Sangre, que tiene lugar cada 14 de junio, surge la oportunidad de visibilizar historias de altruismo que, aunque a menudo permanecen en la penumbra del anonimato, representan el pilar fundamental de la supervivencia de muchos pacientes. En Las Tunas, destaca la figura de Yirobi Tamayo Álvarez, un hombre que ha convertido el acto de donar en un estilo de vida y un compromiso inquebrantable durante más de veinte años.
A sus 44 años, Yirobi se presenta como un hombre de carácter tranquilo y palabra firme. En su vida profesional, desempeña la responsabilidad de Director de la escuela secundaria Máximo Gómez, pero detrás de su cargo administrativo se esconde un exdeportista de combate con una disciplina que ha sido clave para mantener su salud y, por ende, su capacidad de ayudar a los demás. Su historia como donante excepcional es el resultado de una decisión tomada hace dos décadas que cambió su perspectiva sobre la solidaridad.
El camino de Yirobi comenzó en el año 2003. En aquel entonces, ejercía como profesor en la secundaria básica Carlos Baliño López. Fue allí donde un compañero de trabajo, quien ya estaba vinculado al Programa de Plasmaféresis, le habló sobre este procedimiento especializado. Aunque Yirobi ya era donante de sangre, sintió curiosidad por el proceso de plasmaféresis. Tras consultar sobre los posibles efectos en la salud y recibir una explicación detallada sobre el funcionamiento de las máquinas, decidió dar el paso y acudir al centro de donación.
Su primera contribución a través de este programa fue destinada a una mujer embarazada que requería urgentemente el tipo de sangre de Yirobi: O Positivo. Tras superar la entrevista inicial y los chequeos médicos correspondientes, inició formalmente su trayectoria en el programa, una labor que mantiene con naturalidad hasta el día de hoy, superando ya los veinte años de servicio voluntario.
Para mantener un ritmo de donación constante, Yirobi ha implementado una disciplina de acero. En los inicios de su compromiso, realizaba donaciones semanalmente; actualmente, acude al banco de sangre cada vez que es requerido, lo que suele traducirse en dos o tres visitas mensuales. El secreto de su capacidad regenerativa y su salud óptima reside en un estilo de vida riguroso: no consume alcohol, no fuma y carece de vicios. A pesar de llevar una vida agitada, se mantiene activo mediante rutinas diarias de carreras y ejercicios antes de iniciar su jornada laboral.
Esta preparación física no es casualidad, ya que Yirobi pasó por la Escuela de Iniciación Deportiva Escolar (EIDE) y se especializó en Cultura Física. Gracias a este bagaje, mantiene niveles de hemoglobina siempre por encima de 14, lo que le permite ser un donante recurrente y seguro. Como director escolar, Yirobi no solo administra una institución, sino que predica con el ejemplo la importancia de la salud y la actividad física.
Más allá de las cifras y los procedimientos, la trayectoria de Yirobi está marcada por el impacto directo en la vida de personas cercanas. Una de sus memorias más vívidas es la de Dayna, una profesora de su escuela, quien se encontraba desesperada debido a que su padre debía ser operado de urgencia de un tumor cancerígeno. En aquel momento, la familia no lograba conseguir una última bolsa de sangre O Positivo. Al enterarse de la situación, Yirobi intervino de inmediato, acompañándola al centro para realizar la donación. Gracias a este gesto, el padre de Dayna logró sobrevivir.
De manera similar, Yirobi auxilió a José Luis Cordoví, un antiguo profesor suyo que enfrentaba una cirugía de colon. Ante la falta de voluntarios para donar la sangre necesaria, Yirobi acudió al llamado tras ser informado por Dayna. Hoy en día, José Luis goza de perfecta salud, siendo otro testimonio vivo del impacto de estas donaciones.
La ética de Yirobi es tan firme como su salud. En una ocasión, una persona le ofreció dinero a cambio de una donación. Su respuesta fue tajante: "No hay dinero en este mundo que pague una donación voluntaria. Cuando vuelvas a venir, ven con el corazón en la mano, no con dinero". A pesar de rechazar el pago, procedió a realizar la donación de forma altruista, manteniendo el anonimato sobre la identidad de la persona beneficiada. Para él, la verdadera recompensa ocurre en la calle, cuando algún desconocido lo reconoce y le dice a su hijo que aquel hombre fue quien donó la sangre que le salvó la vida.
Este espíritu solidario es, en gran parte, una herencia familiar. Su difunto padre también fue donante, y Yirobi ha logrado extender este legado a su hermano menor, a quien convenció de sumarse al programa de plasma explicándole que este líquido es esencial para evitar que la sangre se vuelva pastosa.
Finalmente, Yirobi destaca la calidad humana y profesional del banco de sangre, elogiando desde la dirección hasta el personal de recepción por el trato recibido, los chequeos y la atención brindada a los donantes. A sus 44 años, no contempla el retiro de esta labor, asegurando que todavía le queda mucho tiempo para seguir donando y ayudando a quienes más lo necesitan, manteniendo siempre esa sensibilidad que prefiere el anonimato sobre el reconocimiento.


