La caída de ceniza volcánica representa un desafío que trasciende la afectación de la calidad del aire. De acuerdo con advertencias emitidas por expertos, este fenómeno puede transformarse en una amenaza directa y crítica para las fuentes de agua que miles de personas utilizan diariamente para beber, cocinar y desarrollar sus actividades básicas. La preocupación radica en que las partículas expulsadas durante una erupción tienen la capacidad de alterar profundamente las características físicas y químicas de los recursos hídricos, lo que genera riesgos significativos para la salud pública y complicaciones operativas en los sistemas de abastecimiento.
Para comprender la magnitud del riesgo, es necesario analizar la composición de la ceniza volcánica. Este material no es simple polvo, sino que está integrado por partículas minerales, fragmentos de vidrio pulverizado y diversos compuestos químicos. Debido a su naturaleza, estos elementos pueden mezclarse con facilidad en el agua. Cuando la ceniza cae sobre ríos, quebradas, embalses, o incluso sobre techos y tanques de almacenamiento domésticos, modifica las condiciones naturales del recurso, comprometiendo su pureza y seguridad.
Uno de los puntos más críticos es la alteración química del agua. Los especialistas señalan que los componentes solubles presentes en la ceniza fresca pueden reducir significativamente los niveles de pH y provocar un aumento en las concentraciones de fluoruro. A esto se suma la presencia de gases volcánicos, específicamente el azufre y el flúor, que pueden incrementar la contaminación general del agua disponible para el consumo humano. Esta degradación química no solo afecta la potabilidad, sino que puede impactar negativamente los ecosistemas acuáticos y poner en peligro a las comunidades que dependen enteramente de estas fuentes naturales para su sustento.
Paralelamente a los cambios químicos, se presenta el problema del incremento de la turbidez. Las partículas finas de la ceniza permanecen suspendidas en el agua, lo que dificulta considerablemente los procesos de filtración y tratamiento en las plantas potabilizadoras. Cuando estos sistemas se saturan debido a la carga de sedimentos, la calidad del agua disminuye drásticamente, lo que eleva el riesgo de contraer enfermedades gastrointestinales entre la población. Además, las plantas de tratamiento pueden sufrir sobrecargas operativas que reducen su capacidad de respuesta ante la demanda, complicando la distribución del recurso.
Otro factor de alta peligrosidad es la posible presencia de metales pesados. Durante los periodos de lluvia, los lixiviados de la ceniza pueden transportar elementos tóxicos, tales como plomo, arsénico o mercurio, hacia las fuentes hídricas. La exposición prolongada a estas sustancias puede provocar efectos negativos graves para la salud humana y generar problemas ambientales que persistan a largo plazo en la región afectada.
El impacto no se limita únicamente a la calidad del líquido, sino que se extiende a la infraestructura. La ceniza húmeda, debido a su peso y composición química, tiene la capacidad de corroer estructuras metálicas y obstruir los sistemas de acueducto y alcantarillado. Estas afectaciones físicas pueden ocasionar interrupciones prolongadas en el suministro de agua y elevar considerablemente los costos de mantenimiento para las empresas prestadoras de servicios públicos.
Ante este panorama, la Organización Panamericana de la Salud (OPS) ha emitido recomendaciones preventivas fundamentales para mitigar los riesgos durante los episodios de caída de ceniza. Entre las acciones principales se encuentra el sellado hermético de los tanques de almacenamiento para evitar que las partículas contaminantes ingresen al agua guardada. Asimismo, se aconseja desconectar temporalmente las bajadas de agua provenientes de los techos mientras persista la caída de material volcánico, evitando así que la ceniza acumulada en las cubiertas sea arrastrada hacia los depósitos de agua.
Finalmente, los expertos sugieren a la población evitar el consumo de cualquier agua que presente cambios visibles en su color, olor o turbidez, hasta que sea evaluada y certificada por las autoridades competentes. Para mantenerse informados, se recomienda seguir estrictamente los reportes emitidos por el Servicio Geológico Colombiano. A través de sus boletines oficiales, es posible conocer el estado actual de la actividad volcánica, identificar las zonas de posible afectación y monitorear la dirección del viento, información que resulta clave para proteger la salud y reducir los riesgos asociados a la contaminación del agua.


