El jardín sur de la Casa Blanca se ha convertido en el escenario de una ostentosa muestra de masculinidad. En el marco de la celebración de su 80º cumpleaños y bajo la premisa de conmemorar el 250º aniversario de Estados Unidos, el presidente Donald Trump organiza una pelea de la UFC, donde hombres se enfrentarán en combate cuerpo a cuerpo dentro de una jaula instalada en los predios oficiales. Este evento no es un hecho aislado, sino que forma parte de una estrategia deliberada para reforzar una marca personal ligada intrínsecamente a la fuerza y la dominación.
La construcción de esta imagen de "hombre fuerte" se ha manifestado no solo en eventos deportivos, sino también a través de ataques directos a la masculinidad de sus adversarios. En marzo, el presidente afirmó que la CIA le había informado que Mojtaba Jamenei, el nuevo líder supremo de Irán, podría ser gay. De manera similar, la Casa Blanca y sus aliados han sugerido que James Talarico, un candidato demócrata al Senado por Texas, es transgénero y vegano, a pesar de que ninguna de estas afirmaciones es cierta. Para Trump y su círculo cercano, estas caracterizaciones funcionan como una herramienta para resaltar su propia masculinidad a expensas de los demás.
La masculinidad ha sido el eje central del atractivo político de Trump, quien llega a utilizar la canción “Macho Man” en sus eventos públicos. Esta narrativa se intensificó tras el intento de magnicidio en Butler, Pensilvania, donde la imagen del presidente levantándose con la oreja ensangrentada y gritando “Lucha, lucha, lucha” mientras alzaba el puño se convirtió en un símbolo de supervivencia y resistencia. Esta proyección de fuerza fue determinante en la campaña de 2024, permitiéndole ampliar su base de apoyo entre los hombres jóvenes, logrando un incremento de 15 puntos en este grupo demográfico respecto a 2020, apoyándose en la influencia de figuras como Joe Rogan.
En su segundo mandato, Trump ha intentado redoblar esta imagen mediante acciones contundentes. Ha rebautizado informalmente al Departamento de Defensa como el “Departamento de Guerra” y ha ejecutado una política exterior agresiva que incluye amenazas a más de una decena de países, ataques a siete de ellos, el derrocamiento de dos líderes extranjeros y la entrada en guerra con Irán. Asimismo, su administración ha llevado a cabo la muerte de más de 200 personas en embarcaciones presuntamente involucradas en el tráfico de drogas, operaciones realizadas sin revisión judicial ni transparencia, lo que podría constituir crímenes de guerra.
A nivel simbólico, el presidente ha cumplido su deseo de realizar un desfile militar y proyecta la construcción de un enorme “Arco de triunfo” en Washington. Paralelamente, ha intensificado su retórica contra las personas transgénero y ha adoptado un tono condescendiente hacia las reporteras.
Sin embargo, existe una brecha creciente entre la imagen que el presidente desea proyectar y la percepción pública. A pesar de sus esfuerzos, Trump enfrenta dificultades para sostener la apariencia de vigor. Mientras solía criticar la “poca energía” de sus rivales, ha reducido sus viajes nacionales y muestra signos evidentes de envejecimiento. A pesar de haber ridiculizado a Joe Biden como “Sleepy Joe”, Trump ha sido visto cabeceando en eventos públicos y sus intervenciones suelen resultar confusas y limitadas a puntos de conversación repetitivos.
Los datos reflejan este declive. Encuestas de Washington Post-ABC News y Reuters-Ipsos indican que al menos el 53 % de los estadounidenses consideran que Trump no es un líder fuerte, una cifra que solo fue superada en una encuesta de 2017. Por su parte, una encuesta de CNN realizada en enero reveló que el 58 % no lo ve como un “líder mundial eficaz”, frente al 51 % que opinaba lo mismo en 2023. Además, existe una creciente duda sobre su agudeza mental y su juicio en temas críticos como la gestión del Gobierno federal o el conflicto con Irán.
Este escenario contrasta con el periodo electoral de 2024, donde Trump venció a Kamala Harris basándose en la percepción de ser el líder más fuerte y decisivo, aun cuando Harris era vista como una figura más moral. No obstante, a medida que la inflación persiste, el pesimismo económico crece y la popularidad del presidente cae a nuevos mínimos en medio de la guerra, la percepción de su fortaleza se desvanece.
Finalmente, el evento de la UFC en la Casa Blanca podría ser interpretado no como una muestra de poder, sino como una sobrecompensación. Según una encuesta reciente, solo el 16 % de los estadounidenses considera apropiado realizar peleas de artes marciales mixtas en el jardín de la residencia presidencial, mientras que el 46 % califica la acción como inapropiada.


