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El legado de Mario Hernández Aguirre y Ricardo Lindo: una evocación de la palabra y la nostalgia

CLARABOYA Álvaro Darío Lara Hace ya algunas décadas leí un libro fascinante, escrito por el salvadoreño Mario Hernández Aguirre (1928-1983). Un extraordinario escritor y ensayista, que vivió lejos, físicamente, del país desde muy temprana edad, entre estudios superiores y una amplia labor diplomática. El libro en cuestión, «Del infierno o del cielo» (Dirección de Publicaciones ... La entrada EVOCACIÓN DE MARIO HERNÁNDEZ AGUIRRE Y RICARDO LINDO aparece primero en Diario Co Latino .

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El escritor Álvaro Darío Lara rescata la memoria literaria de Mario Hernández Aguirre y Ricardo Lindo en una emotiva reflexión que entrelaza la bohemia europea con la nostalgia salvadoreña. El texto revive la figura de Hernández Aguirre, diplomático y maestro del relato político y sobrenatural, cuya vida en París dejó huella incluso en autores como Alfredo Bryce Echenique. A través de este viaje emocional, se destaca el vínculo afectivo con Ricardo Lindo, el gran noctámbulo de las letras, quien inmortalizó la fragilidad final de su amigo en verso. El relato rinde un homenaje a estos maestros de la palabra, rescatando la belleza de su legado artístico frente a la inevitable presencia de la muerte.

A través de una sensible reflexión escrita por Álvaro Darío Lara, se ha rescatado la memoria literaria y personal de dos figuras prominentes de las letras salvadoreñas: Mario Hernández Aguirre y Ricardo Lindo. El texto se presenta como un viaje emocional que entrelaza la obra escrita, las anécdotas bohemias en Europa y la inevitable presencia de la muerte en la poesía de la nostalgia.

La evocación comienza destacando la figura de Mario Hernández Aguirre (1928-1983), descrito como un extraordinario escritor y ensayista que, debido a sus estudios superiores y a una extensa labor diplomática, vivió gran parte de su vida físicamente alejado de El Salvador. Entre sus obras más destacadas se encuentra el libro «Del infierno o del cielo», publicado en 1970 por la Dirección de Publicaciones de El Salvador. Esta obra se compone de quince piezas narrativas de alta factura, cuya portada fue diseñada por el artista plástico argentino Luis Tomasello.

En cuanto a su contenido, se resalta la maestría de Hernández Aguirre para retratar las entrañas del poder político salvadoreño durante la coyuntura de 1944, especialmente en los cuentos titulados «Domingo de Ramos» y «Austerlitz». Además de su capacidad para la ficción política, el autor exploró el género sobrenatural con historias ambientadas entre El Salvador y la antigua Europa, tales como «Los espejos oscuros», «Florencia», «La daga», «El viaje» y «Fidelidad».

La influencia y personalidad de Mario Hernández Aguirre trascendieron las fronteras nacionales, siendo reconocido por otros intelectuales. El escritor peruano Alfredo Bryce Echenique incluyó un retrato humorístico de Aguirre en su libro «Guía triste de París» (1999), donde aparece como un personaje simpático en el cuento «El carísimo asesinato de Juan Domingo Perón». Asimismo, Waldo Chávez Velasco recordó una anécdota sobre la faceta maniática del escritor en París, quien encontraba placer en cortar rosas nocturnas para que sus pétalos formaran una alfombra mustia durante las madrugadas bohemias.

El relato se desplaza luego hacia Ricardo Lindo (1947-2016), quien mantuvo un vínculo afectivo y literario con Hernández Aguirre. Lindo se situaba en una generación intermedia, no perteneciendo plenamente a la época de su padre, Hugo Lindo, ni a la de Juan Guzmán Cruchaga, pero tampoco siendo un joven contemporáneo. Ricardo recordaba con frecuencia el ingenio de Mario, quien solía bromear tanto con personas sencillas como con altos funcionarios gubernamentales y diplomáticos en la Europa de posguerra, una ciudad que, según la reflexión, aún no había sido depredada por el turismo grotesco actual.

La conexión entre ambos autores culmina en el análisis del poema «A Mario Hernández Aguirre», escrito por Ricardo Lindo tras la muerte del escritor en Santa Ana en 1983. En estos versos, Lindo describe la fragilidad de los últimos días de su amigo, mencionando una mirada quebrada, cabellos blancos y una piel con color de cera. El poema evoca la imagen de un hombre que, a pesar de su deterioro físico y pasos lentos, aún intentaba pronunciar chistes con dificultad.

El texto finaliza vinculando la melancolía de aquel París ensoñado con la propia trayectoria de Ricardo Lindo. Se describe a Lindo como el gran noctámbulo, amante del vino, de los cigarrillos Windsor y de la fragante palabra, quien en el final de su vida transitó hacia un estado de profundo abandono de sí mismo. De este modo, la evocación de Álvaro Darío Lara rinde homenaje a estos "Maestros de la palabra", rescatando la belleza de su legado y la tristeza de su partida.

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