En un encuentro disputado en el Estadio de Los Ángeles, la selección de Estados Unidos logró una contundente victoria por 4-1 frente al equipo de Paraguay. El partido, que comenzó con una ventaja de 2-0 para los norteamericanos, mostró dos realidades opuestas en el terreno de juego: el despliegue físico y táctico de los anfitriones frente a una "garra guaraní" que no logró materializarse en el marcador.
El equipo dirigido por Mauricio Pochettino ha encontrado un esquema que se ajusta a las capacidades de sus jugadores, priorizando el poderío físico, la disciplina táctica y el sacrificio por el escudo. A excepción de Pulisic, el juego estadounidense mostró una notable carencia de finura en los controles, los pases y la definición, comparada incluso con la torpeza de un sueco bailando salsa. Sin embargo, esta falta de calidad técnica fue ampliamente compensada por el amor propio y el servicio al país, cualidades que permitieron al equipo presionar todas las salidas y anotar goles destacados, como el remate exterior de Reyna.
El conjunto norteamericano, compuesto por una selección multicolor de atletas y jugadores con raíces latinas, incluyendo al hijo de George Weah, ha consolidado un plan de juego agresivo. Esta mentalidad ha permitido que Estados Unidos derroque a México como el referente dominante, o el "sheriff", de la Concacaf. Para Paraguay, el resultado final de 4-1 resulta sonrojante, especialmente para jugadores como Enciso, quien no pudo replicar el impacto de sus actuaciones previas, como el gol anotado en El Alto.
Más allá del resultado, el encuentro deja una reflexión sobre la naturaleza del fútbol actual. Se plantea que el deporte sigue siendo una competencia de 11 contra 11 donde no necesariamente gana el más talentoso, sino aquel que imprime mayor empeño y se entrega más por los colores de su bandera.
Esta mirada hacia el sentido de pertenencia y la identidad nacional se extendió a otros encuentros del torneo, específicamente al empate entre Bosnia y Canadá. La participación de Bosnia, equipo donde milita Bazdar, evoca la interrogante sobre el potencial deportivo que habría tenido la antigua Yugoslavia de no haberse desintegrado. El análisis de la situación bosnia revela una complejidad política y administrativa profunda: Bosnia y Herzegovina integra a bosníacos de mayoría musulmana, bosniocroatas y serbiobosnios.
La estructura del país es intricate, contando con una presidencia rotatoria por etnias, un consejo de ministros como jefe de gobierno, la República Srpska con mayor autonomía y el distrito de Brčko, bajo administración compartida. Esta fragmentación, que se extiende también a Serbia, Croacia, Eslovenia, Montenegro y Macedonia del Norte, explica la intensidad de los conflictos pasados, pero también la capacidad de supervivencia competitiva de estas naciones, que aun en su mínima expresión territorial, logran llegar y competir en el Mundial.
En contraste con estas realidades externas, surge una reflexión sobre la situación local y la declaratoria de la plurinacionalidad. El fútbol, en este sentido, se convierte en una metáfora para analizar la vida, el mundo y las tensiones sociales.
Finalmente, en el marco de este evento, se ha anunciado una colaboración especial en el diario El País. Desde este martes y hasta la final del 19 de julio, los escritores Erik Ortega, Alfonso Cortez y Rafael Sagárnaga, coordinados por el director Jesús Cantín, ofrecerán una serie de crónicas mundialistas. El objetivo de este proyecto es brindar una perspectiva distinta del torneo, analizando las emociones y reflexiones que rodean al evento futbolístico más grande del planeta, bajo la premisa de que el fútbol nunca fue solo un deporte, sino una herramienta para explicar la realidad global.


