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Envases plásticos transfieren aditivos químicos al pescado almacenado en neveras y congeladores

Un estudio científico reveló que envases plásticos y compostables pueden transferir bisfenol A y otros aditivos al pescado almacenado en refrigeración o congelación, aumentando la exposición a compuestos bajo vigilancia sanitaria.

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Envases plásticos transfieren aditivos químicos al pescado almacenado en neveras y congeladores
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Una investigación del IDAEA-CSIC y la Universidad de Florencia advierte que los envases plásticos utilizados en el hogar transfieren aditivos químicos peligrosos al pescado durante su refrigeración y congelación. El estudio revela que el tiempo de contacto es determinante y que sustancias como los bisfenoles y los ftalatos migran hacia el alimento, siendo el salmón y la merluza los más afectados según su composición biológica. El riesgo principal recae en el bisfenol A, vinculado a alteraciones endocrinas y efectos carcinogénicos, superando en muchos casos los límites de seguridad establecidos por la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria. Ante este peligro, la Unión Europea ha implementado ya regulaciones para restringir progresivamente el uso de estas sustancias en materiales que tengan contacto con los alimentos.

Una investigación conjunta realizada por el Instituto de Diagnóstico Ambiental y Estudios del Agua (IDAEA-CSIC) y la Universidad de Florencia ha revelado que diversos aditivos químicos presentes en los envases plásticos utilizados para la conservación de alimentos pueden transferirse al pescado durante su almacenamiento en condiciones domésticas de frío. El estudio, cuyos resultados fueron publicados en la revista científica Environment International, analiza por primera vez este fenómeno de migración en entornos reales de refrigeración y congelación en el hogar.

El trabajo científico se centró en evaluar la transferencia de cuatro familias de sustancias químicas: ftalatos, ésteres organofosforados, bisfenoles y plastificantes alternativos a los ftalatos. Para ello, los investigadores utilizaron envases de uso común, incluyendo bandejas de poliestireno, bandejas compostables, films plásticos y bolsas diseñadas específicamente para la congelación. Las pruebas se llevaron a cabo con tres especies de pescado: salmón, atún y merluza, sometiéndolas a dos escenarios de conservación: refrigeración a 4 °C durante un periodo de 48 horas y congelación a -18 °C durante 30 días.

Según explicó Maria Vittoria Barbieri, autora principal del estudio, el objetivo fundamental era reproducir una situación cotidiana para analizar el impacto de almacenar pescado en casa durante días o semanas antes de su consumo. Barbieri señaló que, mientras que la mayoría de las investigaciones previas se habían centrado en el calor como el factor principal que acelera la migración de compuestos químicos, existía un vacío de información significativo sobre lo que ocurre en condiciones de frío.

Los resultados del análisis confirmaron la migración de aditivos en ambos escenarios de almacenamiento. Un hallazgo crítico fue que el tiempo de contacto entre el alimento y el envase es uno de los factores con mayor influencia en la transferencia de estas sustancias. De los 49 contaminantes analizados, algunos registraron tasas de transferencia de hasta el 100%, comportamiento que se observó particularmente en ciertos bisfenoles. Asimismo, el di(2-etilhexil) adipato (DEHA), un plastificante alternativo, mostró niveles elevados de migración, superando el 95% en el caso del salmón.

El estudio también permitió identificar que las características biológicas de cada especie influyen en la absorción de los químicos. Los compuestos lipofílicos, que tienen una mayor afinidad por las grasas, migraron con mayor facilidad hacia especies grasas como el salmón. Por el contrario, algunos bisfenoles presentaron una transferencia más alta en especies con un mayor contenido de agua, como es el caso de la merluza.

La preocupación central de la investigación radica en los posibles efectos toxicológicos de estos aditivos, los cuales han sido vinculados en estudios anteriores con alteraciones endocrinas y potencial carcinogénico. En particular, el bisfenol A (BPA) destacó como la sustancia de mayor riesgo. Esta preocupación se ha visto reflejada en la normativa internacional; en 2023, la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) redujo drásticamente el nivel de exposición diaria seguro para el bisfenol A, pasando de 4.000 nanogramos por kilogramo de peso corporal al día a tan solo 0,2 nanogramos, lo que supone una reducción de 20.000 veces.

Para dimensionar el riesgo real, los científicos realizaron una evaluación de exposición para adultos, niños y bebés, cruzando las concentraciones detectadas con datos oficiales de consumo de pescado fresco en España. Para los cálculos se utilizaron pesos promedio de 5 kg para bebés (6-12 meses), 12 kg para niños (1-3 años) y 70 kg para adultos. Los resultados indicaron que el pescado almacenado en plástico presentaba niveles de exposición superiores al pescado fresco recién adquirido.

El escenario de mayor riesgo identificado fue la merluza congelada durante 30 días en una bandeja compostable, mientras que los niveles más bajos se encontraron en muestras refrigeradas en bolsas plásticas. El estudio reveló que en casi la mitad de los escenarios analizados se superó el umbral de riesgo establecido, siendo el bisfenol A el responsable de casi el 100% de dicho índice de riesgo.

Ethel Eljarrat, directora del IDAEA-CSIC y coautora del trabajo, advirtió que la exposición derivada solo del consumo de pescado ya supera el valor recomendado para el bisfenol A, sin contar que la exposición total es mayor al sumar otros alimentos, la inhalación y el contacto cutáneo. Ante esto, los autores instan a que las evaluaciones de seguridad alimentaria y el diseño de nuevos materiales incorporen condiciones reales de almacenamiento doméstico.

Finalmente, el estudio subraya la necesidad de mayor información toxicológica sobre los nuevos aditivos que llegan al mercado. En respuesta a estos riesgos, la Unión Europea aprobó en 2024 una regulación para restringir progresivamente el uso de bisfenoles en materiales en contacto con alimentos, normativa que entró en vigor en enero de 2025 con un periodo de transición de 36 meses.

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