El pasado 9 de junio de 2026, un incendio afectó a una casona en el Barrio Yungay, un hecho que ha dejado una marca profunda en los residentes de la zona. Entre los testimonios que emergen tras el siniestro, destaca la reflexión de Mauricio Redolés, vecino del sector, quien describe la pérdida no solo en términos materiales, sino como un golpe sentimental y una erosión de la identidad del barrio.
Redolés, quien nació en el Barrio Yungay en 1953, específicamente en la calle Maturana, entre San Pablo y Rosas, posee un vínculo estrecho y prolongado con este territorio. Aunque sus padres se trasladaron temporalmente a Lo Calvo, cerca de Los Andes, regresó al barrio cinco años después. Su formación académica estuvo ligada a la zona, cursando desde séptimo básico hasta cuarto medio en el Liceo Miguel Luis Amunátegui, establecimiento ubicado a solo una cuadra del lugar donde se originó el incendio.
La trayectoria de vida de Redolés ha estado marcada por el desplazamiento y el retorno. A partir de 1972, sus estudios lo llevaron a Valparaíso, periodo que coincidió con su detención debido a su oposición a la dictadura. Tras ser expulsado de Chile, vivió cerca de diez años en Gran Bretaña. A su regreso al país, tras un año de transitar por diversos barrios, se reinstaló definitivamente en el Barrio Yungay en 1986, donde ha permanecido hasta la actualidad.
Sumando sus diversas etapas de residencia, Redolés ha vivido aproximadamente 54 años en este sector, lo que representa la mayor parte de su vida, habiendo cumplido 73 años el sábado previo al relato de los hechos. Esta prolongada convivencia con el entorno explica la reacción emocional ante la destrucción de la propiedad. En una conversación con su amigo, conocido como el “Punta” Amunátegui, quien le consultó si el incendio lo había afectado, Redolés fue enfático al señalar que, si bien no sufrió daños materiales, el impacto fue sentimental.
Para el residente, la pérdida de la edificación representa una afectación a su amor por el barrio y a la luz particular que la tarde proyectaba sobre aquellas paredes. Bajo su perspectiva, la desaparición de una casona de tales características implica que "muere un poco de nosotros y nosotras", subrayando la conexión intrínseca entre la arquitectura del barrio y la memoria de sus habitantes.
La casona incendiada también formaba parte del escenario de memorias personales difíciles para Redolés. El vecino recordó que, en septiembre de 1990, salió de una vivienda situada justo enfrente de la propiedad ahora destruida cargando una gran pena. En aquel momento, se sentía derrotado tras asistir a una reunión donde fue víctima de la "fracción legal", grupo que, según su relato, se había apoderado de la burocracia de los aparatos internos de su Partido. Redolés describió haber sido denostado mediante acusaciones injustas, sin que se le permitiera el uso de la palabra para defenderse, situación que lo hizo sentirse violentado y sucio.
En aquel episodio, el vecino reflexionó sobre el sacrificio de su juventud, marcada por la tortura, la cárcel y el escarnio fascista, cuestionando el trato recibido por parte de quienes se suponía eran sus camaradas. Aquella amarga lucidez lo llevó a pensar que, de continuar las cosas en esa dirección, el país terminaría eligiendo a otro Pinochet como Presidente en una nación llena de pobres moradores.
Finalmente, Redolés establece un paralelismo entre su derrota personal de 1990, la cual fue testigo la casona, y la derrota final del inmueble. La estructura no resistió la sobrecarga de los alargadores eléctricos utilizados por sus pobres moradores, causa que provocó el incendio que terminó por borrar la edificación del paisaje del Barrio Yungay.


