Francia despide a una de sus figuras más emblemáticas y complejas: Bernadette Chirac. La ex primera dama falleció en paz a los 93 años, rodeada de su familia, según confirmó su hija Claude.
Mucho más que la esposa del expresidente Jacques Chirac, Bernadette fue una aristócrata, política y hábil negociadora. Su presencia fue fundamental en la región de Corrèze y en la salud pública, donde dirigió la Fundación Hospitales de París y lideró la campaña Monedas Amarillas.
Se la describió a menudo como glacial, distante o incluso arisca. Ella misma reconocía con franqueza que el público la percibía como fría en contraste con el encantador carisma de su marido. Sin embargo, detrás de ese exterior mordaz se escondía una mujer decidida y generosa, comprometida con los pacientes anónimos y su país.
Su lealtad fue inquebrantable, acompañando a Jacques en todas sus batallas, incluso enfrentando sus infidelidades y el doloroso proceso de su Alzheimer. Mientras él cautivaba a las multitudes con piropos en Saint Tropez, ella mantenía la compostura y el rigor.
Los homenajes han llovido desde todo el espectro político. El presidente Emmanuel Macron la calificó como una "gran dama con un corazón de oro". Nicolas Sarkozy destacó su valentía y lealtad, mientras que François Hollande la describió como una mujer íntegra. Incluso desde el socialismo, se reconoció que supo hacerse un lugar en una época donde las mujeres eran consideradas meras extensiones de sus esposos.
Bernadette Chirac fue incapaz de fingir. Su aburrimiento o irritación eran evidentes en las recepciones oficiales, pero fue precisamente esa autenticidad la que le ganó el respeto y el cariño del pueblo francés. Murió sin traicionar su esencia, manteniendo hasta el final sus principios y su dignidad.
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