La atmósfera en la Casa de la Trova de Holguín estaba impregnada de los aromas tradicionales al café y al tabaco. En aquel espacio, donde las sillas de madera crujían bajo el peso de un público que intentaba combatir el calor con sombreros de yarey, se presentaba una figura singular. En el escenario se encontraba un hombre menudo, caracterizado por sus lentes gruesos y una sonrisa de pillo, quien afinaba su tres con la paciencia característica de quien ha sido testigo del paso de un siglo.
A sus 94 años, y con las manos marcadas por el tiempo, Faustino Oramas Osorio respondió con una carcajada al grito de un asistente que preguntaba por "el generoso". Acto seguido, el músico inició los acordes de su guaracha más emblemática, provocando el entusiasmo inmediato de todos los presentes. Pocas figuras en la historia de la música cubana han logrado encarnar la picardía popular con la gracia y naturalidad con que lo hizo el artista conocido como El Guayabero.
A diferencia de otras estrellas, Oramas no fue un niño prodigio ni alcanzó el estrellato en sus primeros años de vida. Su trayectoria fue la de un cronista callejero para quien la fama llegó en la tercera edad. Según recordó el periodista Pedro de la Hoz, el sobrenombre de "El Guayabero" surgió en los vagones del oriente cubano. En aquel entonces, Oramas se dedicaba a la venta ambulante de guayaberas, pantalones y sábanas, utilizando pregones para atraer a los clientes. Para conquistar a los pasajeros, improvisaba coplas que hablaban tanto de la mercancía como de las anécdotas y picardías del viaje, un estilo que caló profundamente en el público y le otorgó su nombre artístico para siempre.
Nacido en 1911 en la loma de Mayabe, en Holguín, Faustino llevó una vida multifacética antes de dedicarse profesionalmente a la música. Fue barbero, zapatero y vendedor ambulante. Su acercamiento al tres fue empírico, aprendiendo el instrumento observando a los soneros en los guateques de monte adentro. Esta formación orgánica fue rescatada por la musicóloga María Teresa Linares, quien describió a la revista Bohemia que, al escucharlo por primera vez, sintió que estaba ante el espíritu irreverente de la guaracha primitiva, mantenido intacto.
Fue precisamente Linares quien impulsó la grabación de su primer disco en 1987, cuando el trovador ya tenía 76 años. Esta producción fue el catalizador que lo rescató del anonimato local y lo proyectó hacia escenarios internacionales, incluyendo festivales de prestigio como el de Cádiz. El repertorio de El Guayabero se convirtió en un carnaval de dobles sentidos, con temas como "Candela", "Cómo está el generoso" y "El tren de la vida", piezas que transitaban entre la rumba y el son oriental con letras que sugerían sin llegar a nombrar explícitamente.
Desde una perspectiva analítica, el investigador Lino Betancourt, autor del ensayo El doble sentido en la música cubana, señaló que Oramas poseía un dominio excepcional del albur callejero, afirmando que era capaz de decir las cosas más subidas de tono con una elegancia que desarmaba al oyente. Esta habilidad para evadir la censura y generar una carcajada cómplice lo posicionó como un filósofo de la risa. En sintonía con esto, el etnólogo Miguel Barnet definió sus guarachas, en entrevista con la Agencia Cubana de Noticias, como un retrato hablado del choteo cubano y pura filosofía de solar.
Fuera de los escenarios, en la intimidad de su hogar en Holguín, Faustino era un abuelo de rutinas sencillas. Su nieto, Faustino Oramas Jr., relató a Radio Rebelde que el músico comenzaba sus días al alba, alimentando a sus gallinas y sentándose bajo la sombra de un árbol de mango para afinar su tres, acompañado de una botella de ron. Una anécdota familiar destaca la relación del músico con un gallo fino que, al escuchar los primeros acordes, comenzaba a cantar siguiendo el ritmo, razón por la cual el artista lo llamaba afectuosamente su "director de orquesta".
La vitalidad de El Guayabero se mantuvo firme incluso después de superar los 90 años, periodo en el cual continuó actuando y compartiendo sus anécdotas con una legión de admiradores. Sin embargo, el 27 de marzo de 2007, Faustino Oramas falleció a los 95 años. Su partida fue despedida con el mismo espíritu con el que vivió; el medio digital Cubadebate describió su entierro como una conga multitudinaria, donde vecinos, músicos y vendedores ambulantes escoltaron el féretro bailando sus canciones, transformando el último adiós en un guateque final.


