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El misterio de la nariz roja en invierno: ¿por qué ocurre este fenómeno?

Algunas partes del cuerpo responden a las temperaturas gélidas del invierno con este mecanismo de la piel.

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El misterio de la nariz roja en invierno: ¿por qué ocurre este fenómeno?
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¿Alguna vez te has preguntado por qué tu nariz se pone roja en invierno? Este fenómeno es una respuesta natural del cuerpo para conservar el calor. Ante el frío, el organismo activa la vasoconstricción, reduciendo el flujo sanguíneo en la piel para proteger los órganos vitales y evitar la pérdida de energía térmica. El color rojizo aparece generalmente al pasar de un ambiente frío a uno cálido, cuando los vasos sanguíneos se dilatan rápidamente para restablecer la circulación. Este efecto es más visible en la nariz y las mejillas debido a que los capilares están muy cerca de la superficie cutánea. Lejos de ser un problema médico, este cambio es una señal de que el sistema biológico funciona correctamente para mantener la temperatura corporal estable. Una vez que el cuerpo se calienta, la coloración desaparece por sí sola.

Con la llegada de las bajas temperaturas y el descenso del termómetro, es sumamente común observar un cambio físico evidente en el rostro de muchas personas. Uno de los signos más recurrentes es la aparición de un tono rojizo en la nariz, una coloración que frecuentemente se compara con la imagen del famoso reno navideño, Rodolfo. Aunque este fenómeno suele percibirse como una simple curiosidad estética o una reacción pasajera e inofensiva, en realidad es la manifestación externa de un complejo proceso interno relacionado con los mecanismos que el cuerpo humano despliega para conservar el calor.

Para comprender este proceso, es necesario partir de una premisa básica sobre nuestra biología: a diferencia de ciertas especies animales que han evolucionado y se han adaptado específicamente para sobrevivir en climas extremos, los seres humanos poseen una capacidad limitada para soportar el frío intenso. Debido a esta vulnerabilidad, el organismo no puede depender únicamente de sus funciones internas, por lo que recurrimos a elementos externos como el uso de abrigos, mantas y sistemas de calefacción. Sin embargo, paralelamente a estas ayudas externas, el cuerpo pone en marcha una serie de respuestas fisiológicas automáticas diseñadas para mantener la temperatura corporal estable y proteger la vida.

Cuando la temperatura ambiental desciende significativamente, el organismo activa diversos mecanismos de defensa con el objetivo primordial de evitar que se produzca una pérdida excesiva de calor. Uno de los procesos más reconocibles es el temblor o escalofrío. Esta es una respuesta involuntaria del sistema nervioso que provoca pequeñas y rápidas contracciones musculares. Estas contracciones no son aleatorias, sino que tienen la función específica de generar energía térmica, ayudando así a combatir el enfriamiento del cuerpo.

No obstante, los músculos no son los únicos responsables de esta regulación térmica. La piel, como órgano externo y barrera protectora, desempeña un papel fundamental en la gestión de la temperatura. Durante las jornadas de frío, es posible notar que algunas zonas del cuerpo se vuelven más pálidas, mientras que otras, eventualmente, adquieren una coloración rojiza. Estos cambios visuales están directamente vinculados a la dinámica de la circulación sanguínea y a la estrategia del organismo para distribuir la sangre de manera eficiente, priorizando siempre la protección de los órganos vitales y la conservación del calor interno.

El proceso comienza con la vasoconstricción. Cuando el frío es intenso, los vasos sanguíneos más pequeños de la piel, conocidos como capilares, se contraen. Esta acción reduce el flujo sanguíneo en la superficie corporal, lo que minimiza la cantidad de calor que se pierde hacia el ambiente exterior. Como consecuencia directa de esta reducción del flujo, la piel puede presentar un aspecto más pálido. Además, esta disminución en la llegada de oxígeno y nutrientes puede provocar que la piel se vuelva más seca o sensible en ciertas áreas.

El característico enrojecimiento que mencionábamos al principio no ocurre generalmente durante la exposición prolongada al frío, sino en el momento de la transición. El cambio de color aparece habitualmente cuando la persona pasa de un ambiente frío a uno cálido. En ese instante, el cuerpo detecta el aumento de la temperatura ambiental y los capilares, que estaban contraídos, vuelven a dilatarse para restablecer el flujo sanguíneo normal. Este aumento repentino y rápido de la circulación genera la tonalidad rojiza visible.

Este efecto es especialmente notable en la nariz, las mejillas y las orejas. La razón por la cual estas zonas son más propensas al enrojecimiento es anatómica: estas áreas concentran una cantidad considerable de vasos sanguíneos situados muy cerca de la superficie de la piel. Por lo tanto, cuando la circulación se reactiva tras la exposición al frío, el cambio de color es mucho más evidente y visible en estas regiones que en otras partes del cuerpo.

En conclusión, tener la nariz roja durante el invierno no debe ser motivo de preocupación médica. Se trata de una respuesta natural y saludable del organismo, formando parte de las estrategias biológicas destinadas a mantener la temperatura corporal dentro de niveles adecuados para el funcionamiento del cuerpo. Aunque el efecto visual sea llamativo, especialmente en días de frío intenso, el color desaparece por sí solo una vez que el cuerpo recupera una temperatura confortable y la circulación sanguínea vuelve a estabilizarse por completo.

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