¿Cómo muere una democracia? Según el exembajador Jaime Feinzaig, no siempre ocurre de golpe, sino que comienza cuando una sociedad se acostumbra al exceso, al insulto y a la confrontación permanente como norma cotidiana del ejercicio político.
En una reflexión reciente, Feinzaig señala que, aunque inicialmente observó gestos de diálogo y acuerdos en las primeras acciones del Ejecutivo, estos fueron sustituidos abruptamente por un tono agresivo y el desprecio hacia quienes piensan distinto. El autor advierte sobre la peligrosa tentación de reducir la democracia al simple ejercicio numérico de las mayorías.
Si bien reconoce y respeta la voluntad popular expresada en las urnas, enfatiza que ganar una elección no es el único requisito democrático. El sistema exige respeto por la separación de poderes, prudencia institucional y la comprensión de que ningún gobernante, sin importar su respaldo popular, puede colocarse por encima de los límites que impone la República.
La historia enseña que las instituciones se erosionan lentamente mientras el ruido sustituye a la reflexión y las pasiones colectivas desplazan al pensamiento crítico. Feinzaig alerta que las sociedades se deterioran cuando pierden la capacidad de distinguir entre firmeza y agresión, o entre liderazgo y autoritarismo.
A pesar de estas preocupaciones, el exembajador manifiesta su deseo de buena fe por el éxito de la gestión de la presidenta, subrayando que el bienestar de Costa Rica depende de que al país le vaya bien. Para Feinzaig, ninguna victoria política es más valiosa que la paz, la estabilidad y la convivencia de una nación construida sobre la sensatez y el respeto mutuo.
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