Costa Rica ha cimentado gran parte de su identidad moderna mediante una apuesta estratégica por sectores que, en primera instancia, no ofrecían ganancias económicas inmediatas. El país decidió invertir en "trincheras" fundamentales como la educación pública, la salud universal, la investigación científica y la conservación del medio ambiente. Mientras diversas naciones de Centroamérica transitaban por periodos de guerras civiles o implementaban modelos económicos marcados por profundas desigualdades, el territorio costarricense comenzó a edificar, de manera pausada, una infraestructura científica.
Esta trayectoria permite que hoy en día, a pesar de ser un territorio pequeño, el país cuente con herramientas tecnológicas de primer nivel, tales como un ciclotrón capaz de detectar cáncer y un radiotelescopio solar que es único en toda la región. Sin embargo, este desarrollo no fue un hecho fortuito, sino el resultado de un proceso ligado a la construcción misma del Estado.
Walter Fernández, físico de la Universidad de Costa Rica, expresidente de la Academia Nacional de Ciencias y antiguo jerarca del Conicit, explica que los cimientos de la ciencia en el país se remontan a la época en que Costa Rica se consolidaba como república. En aquel entonces, el país atrajo a naturalistas europeos que, fascinados por la biodiversidad tropical, recorrieron volcanes, costas y bosques para describir nuevas especies. Estos primeros pasos demostraron que el interés científico estaba presente mucho antes de la creación de ministerios tecnológicos o laboratorios sofisticados.
Este impulso inicial derivó en la creación de instituciones concretas. En 1887 nació el Museo Nacional, seguido por estructuras dedicadas a la salud pública, la agricultura y la meteorología. Según Fernández, en aquel periodo la ciencia no se percibía como un elemento aislado, sino como una herramienta esencial para la construcción del país.
El punto de inflexión ocurrió en 1940 con la fundación de la Universidad de Costa Rica (UCR). Para Fernández, este evento marca el inicio del sistema científico moderno en el país. La UCR no se limitó a la formación de profesionales, sino que estableció una cultura académica estable y una investigación sistemática a través de laboratorios especializados en áreas como la geología, la biología, la ingeniería, la agronomía, la medicina tropical y la microbiología. Mientras otros países de la región mantenían una educación superior limitada, Costa Rica destinaba recursos públicos a la investigación de largo plazo.
Durante las décadas de los setenta y los ochenta, el sistema experimentó una expansión institucional. Se crearon nuevas universidades públicas, la Vicerrectoría de Investigación de la UCR, el Consejo Nacional para Investigaciones Científicas y Tecnológicas (Conicit) y, posteriormente, el Ministerio de Ciencia y Tecnología. En este tiempo, la investigación aplicada se enfocó en resolver problemas concretos de la economía nacional, destacando los trabajos en biodiversidad tropical y vulcanología.
Un ejemplo de esta aplicación práctica es la Corporación Bananera Nacional (Corbana), que actualmente financia investigaciones para desarrollar variedades de banano resistentes al Fusarium. Asimismo, el modelo costarricense logró convertir la biodiversidad en un laboratorio científico nacional. En un contexto donde gran parte de América Latina enfrentaba una deforestación acelerada, Costa Rica impulsó la restauración forestal, la investigación biológica y la creación de parques nacionales, lo que fortaleció la reputación global del país y atrajo a científicos internacionales.
En el ámbito de la salud, la creación de la Caja Costarricense de Seguro Social en 1941 fue fundamental. Esta institución permitió el despliegue de programas de atención primaria, investigación epidemiológica y vacunación, resultando en indicadores sanitarios destacados en América Latina. Esta infraestructura fue clave durante la pandemia, permitiendo que laboratorios y universidades locales desarrollaran pruebas diagnósticas, investigaciones inmunológicas y tratamientos experimentales.
No obstante, Fernández advierte que este camino ha estado lleno de contradicciones. A pesar de haber construido capacidades extraordinarias, el sistema científico opera con presupuestos limitados y una fragilidad estructural evidente. Según datos del Estado de la Nación, Costa Rica invierte menos del 0,4% de su Producto Interno Bruto (PIB) en investigación y desarrollo, una cifra inferior a la de otros países latinoamericanos y muy distante de las naciones desarrolladas.
Esta realidad ha forjado una cultura de resiliencia donde los investigadores están habituados a lograr resultados significativos con pocos recursos. Proyectos sostenidos por décadas en universidades públicas han sobrevivido a pesar de la burocracia, los cambios políticos constantes y un financiamiento fragmentado. Por ello, la comunidad científica sostiene que el país se encuentra en un momento decisivo, donde aún debe definirse el nivel de inversión real que está dispuesta a asumir para sostener y potenciar sus capacidades científicas.

