Durante décadas, la expresión “padrão Globo de qualidade” (estándar Globo de calidad) se consolidó como una especie de sello de excelencia en la televisión brasileña. Este concepto no solo atravesó diversas generaciones, sino que moldeó la estructura del periodismo televisivo en el país, ayudando a construir la imagen de una emisora que se enorgullecía de su rigor técnico, su capacidad de apuración, su profesionalismo y la formación de grandes nombres en la comunicación.
Sin embargo, al observar algunos de los movimientos recientes de la propia cadena Globo, se hace evidente que aquel viejo concepto parece estar cada vez más distante de la realidad actual de la televisión en Brasil. Un ejemplo claro de esta tendencia es la decisión de integrar a la influenciadora Virgínia Fonseca en funciones vinculadas a la cobertura de la Copa del Mundo de 2026, una medida que ha dejado al descubierto un debate que ya venía creciendo de manera silenciosa dentro del ámbito deportivo.
La pregunta central que surge a raíz de este nombramiento es si todavía existe un espacio real para el periodismo profesional dentro del entretenimiento deportivo de la televisión. La elección de Fonseca, impulsada principalmente por su amplio alcance en las redes sociales y su capacidad para generar niveles elevados de interacción y compromiso digital, ha provocado reacciones incluso entre periodistas que han sido históricamente respetados en Brasil.
Es fundamental comprender que esta discusión va mucho más allá de la figura de Virgínia Fonseca. Ella representa un proceso de transformación que ha estado ocurriendo durante años en las grandes emisoras: la sustitución lenta y progresiva del periodista especializado por figuras capaces de generar repercusión instantánea. En este nuevo modelo, la capacidad de viralización prima sobre la experiencia, la formación académica o la trayectoria profesional en el área de la comunicación.
Este fenómeno ha avanzado por etapas. En un primer momento, fueron los exjugadores quienes comenzaron a ocupar espacios masivos de análisis y comentario. Si bien algunos de ellos demostraron ser excelentes comunicadores, otros fueron lanzados frente a las cámaras basándose únicamente en su pasado dentro del campo de juego. Mientras esto sucedía, profesionales experimentados del periodismo deportivo comenzaron a perder espacio en las redacciones.
Ahora, el proceso ha avanzado a una etapa aún más disruptiva: parece que ni siquiera la vinculación directa con el deporte es ya un requisito indispensable. En la actualidad, lo que prevalece es el tamaño de la audiencia digital. La lógica comercial ha comenzado a imponerse sobre cualquier compromiso histórico con la ética y la práctica del periodismo.
Esta transición produce una consecuencia delicada para las propias empresas de comunicación: la pérdida gradual de la credibilidad de un modelo que, durante décadas, se vendió al público como una referencia de calidad editorial. Globo, que en su momento fue la cuna de nombres históricos de la reportería deportiva brasileña, parece caminar hoy hacia una dirección donde la información debe disputar espacio con los algoritmos, la viralización y las estrategias de influencia digital.
De este modo, la Copa del Mundo, que anteriormente funcionaba como la vitrina máxima del periodismo deportivo televisivo, comienza a adquirir los contornos de una gran plataforma de entretenimiento híbrido. En este nuevo formato, la reportagem, la publicidad, la presencia de celebridades y la performance digital se mezclan en un mismo paquete.
El problema fundamental radica en que, cuando todo se transforma en un espectáculo, el periodismo deja de ser la prioridad. Esta situación revela la verdadera crisis de la televisión deportiva actual, ya que no se trata simplemente de una disputa sobre quién aparece en pantalla, sino de una reflexión sobre el valor que las propias emisoras todavía atribuyen a la profesión de periodista.


