El primer encuentro con Argenis Jiménez comienza con una disculpa. No hay saludos formales, sino un pedido de perdón cargado de vergüenza. “Sólo me he bañado dos veces en lo que va de año”, confiesa con una voz que revela que su pena no proviene de la condición mental que otros le atribuyen, sino de la carencia absoluta de agua, jabón y un espejo donde reconocerse.
Con 43 años y medio viviendo en las calles de Barquisimeto, Argenis es conocido popularmente como “El Loco de la Pancarta”. Sin embargo, él prefiere una precisión semántica: se define como el “loco electo por el pueblo”. Para él, esta elección no tuvo que ver con urnas ni votos, sino con la cruda realidad de la supervivencia diaria.
La historia de Argenis se remonta al 18 de agosto de 1960. Sus primeros años estuvieron marcados por la ausencia del padre y una madre analfabeta que, según relata, cumplía funciones biológicas pero no las labores históricas de cuidado y crianza. A pesar de este vacío, Argenis recuerda que su madre era su universo entero; aceptaba sus respuestas como verdades absolutas, como sucedió cuando, a los cinco años, ella le aseguró que la luna era una lámpara. Esa imagen constituye el último recuerdo tierno de su infancia.
El trauma comenzó a manifestarse temprano. La primera vez que escuchó la palabra “loco” fue a través de su madre, quien lo llamó así tras prohibirle salir a jugar. Poco después, su hermano utilizó el mismo término para describir a los indigentes que veían en la acera. En ese momento, Argenis comprendió que ser loco era el fondo más oscuro al que podía caer un ser humano: significaba estar solo, sin familia y sin respuestas.
A los siete años, Argenis tomó una decisión determinante. Cuando unas monjas que realizaban obras sociales visitaron el rancho de bahareque donde vivía su familia, él fue el único de sus hermanos que aceptó irse. Su razón fue tajante: “Yo quiero estudiar y con mi mamá me voy a quedar burro”. Fue trasladado a la casa de una pareja de ancianos dueños de un restaurante en la carrera 25, entre calles 27 y 28. Aunque describe a sus tutores como personas violentas que lo mantenían en un régimen similar al de un cuartel, Argenis soportó el maltrato con tal de aprender a leer y escribir.
Un momento crucial ocurrió en sexto grado. Durante una clase de sociología, la maestra planteó un debate sobre si los locos tenían derechos. Argenis sintió que el cuestionamiento era una condena personal, hasta que la docente concluyó firmemente que los locos tienen derechos y forman parte de la sociedad. Esa frase fue para él un acta de nacimiento que le permitió integrar su condición mental con su condición de persona.
Argenis reconoce que su familia posee antecedentes de problemas mentales y atribuye su estado a una cuestión genética. Aunque no cuenta con un diagnóstico clínico formal, es consciente de que su forma de ser no es normal. En su juventud, aspiraba a ser un hombre importante y asistir a la universidad, pero la pobreza y la inestabilidad habitacional lo obligaron a convertirse en autodidacta.
Su refugio fue la Biblioteca Pío Tamayo, donde pasó 25 años sumergido en el silencio lector. Allí estudió filosofía, historia y literatura, leyendo sobre las razones por las cuales las personas con trastornos mentales terminan en la acera. Durante ese tiempo, trabajó en empleos temporales como lavar carros o hacer mandados, rechazando cualquier puesto fijo que interfiriera con sus horas de estudio.
Esta formación lo llevó a interesarse por las obras de Franco Basaglia y las teorías de la antipsiquiatría, sentando las bases de su lucha actual. Argenis ha pasado tiempo en centros psiquiátricos, donde aprendió a simular una locura más profunda para evitar los peligros que conlleva ser "cuerdo y pobre" en tales instituciones. Denuncia que en estos centros el control se ejerce mediante la violencia y los golpes, agravando el estado de los pacientes.
Su protesta, aunque firme, es pacífica. Argenis rechaza los bloqueos de calles y cree en la institucionalidad. Esta postura lo ha llevado a visitar el Palacio de Miraflores en tres ocasiones para solicitar la reestructuración del sistema de salud mental y exigir un trato digno para los pacientes. A pesar de no haber sido escuchado, persiste en su causa.
Fiel a sus principios, Argenis se niega a recibir pensiones o bonos gubernamentales. Argumenta que aceptar ayuda económica permitiría a las autoridades afirmar falsamente que su caso ha sido atendido, invalidando así su denuncia social.
Hoy, su única petición es humanitaria: un espacio pequeño donde dormir, que tenga llave, una cama, un baño y un lugar para guardar sus pertenencias. Aunque algunas personas le ofrecen trabajo para salir de la indigencia, él los rechaza para no reintegrarse a un sistema que ya decidió abandonar. Argenis tiene la certeza de que morirá en la calle y su último deseo es que, al fallecer, su pancarta quede desplegada sobre el concreto como un libro abierto, para que quienes pasen sepan que allí hubo un hombre que no se rindió.


