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El retorno del fascismo: ¿un virus latente en la sociedad moderna?

Putin, un dictador acosado por los vendavales que el mismo ha desatado, ha buscado convertir con una pomposa parada militar al aniversario de la derrota del nazismo alemán, en un símbolo populista que otorgue legitimación a la que él – de todos los mandatarios del mundo el que más tiene similitudes psíquicas y políticas con [...] La entrada La predisposición fascista se publicó primero en Confidencial .

El retorno del fascismo: ¿un virus latente en la sociedad moderna?

En un análisis exhaustivo sobre la naturaleza del poder y la política contemporánea, el historiador y escritor chileno Fernando Mires plantea que el fascismo no es únicamente un fenómeno del pasado, sino una predisposición humana que puede emerger en diversas épocas y contextos. A través de un examen que vincula la actualidad de líderes como Vladimir Putin con las teorías de Umberto Eco y Theodor Adorno, Mires advierte sobre la persistencia de un "morbo fascistoide" en la estructura política occidental.

El punto de partida es la figura de Vladimir Putin, quien, según el autor, ha intentado convertir las conmemoraciones de la derrota del nazismo alemán en un símbolo populista para legitimar sus acciones en Ucrania y Europa. En este escenario, el término fascismo ha sido descontextualizado y utilizado como una herramienta para denigrar al adversario, independientemente de su naturaleza política. Mires distingue entre el fascismo histórico —aquel movimiento de masas mesiánico, nacionalista y militarista de los años treinta y cuarenta en Italia y Alemania— y lo que Umberto Eco denominó Ur-fascismo.

El Ur-fascismo, o fascismo eterno, es descrito como una predisposición antropológica, una suerte de "fascismo natural" anidado en las profundidades del alma humana, alimentado por miedos, odio y la violencia congénita. Para Eco, no es necesario que un gobierno posea todas las características fascistas para serlo; basta con que algunas de ellas se articulen discursivamente para activar esta potencialidad. Esta predisposición se ve exacerbada en la actualidad por rupturas sociales y tecnológicas, como el impacto de la inteligencia artificial, la informática y las migraciones masivas, que generan una sensación de amenaza existencial en los sectores tradicionalistas.

Un punto clave del análisis es la distinción entre dictadura y fascismo. Mires sostiene que no todas las dictaduras son fascistas, ya que el fascismo requiere necesariamente de un componente de masas y carisma mesiánico. Mientras que figuras como Pinochet y Videla fueron crueles pero carecían de la capacidad de movilizar multitudes, líderes como Fidel Castro encajan más en la tipología de Eco por su capacidad de mantener encendidas a las masas. En el caso venezolano, el autor señala que Hugo Chávez era un fascista típico en el sentido mussoliniano, mientras que Nicolás Maduro, al carecer de carisma y ser impopular, resulta "menos fascista" a pesar de ser más brutal y mafioso. Una observación similar se aplica a Daniel Ortega en Nicaragua.

El análisis se extiende hacia la base social mediante la teoría de Theodor Adorno sobre los "pequeños fascistas". Según esta perspectiva, el fascismo no desapareció en 1945, sino que permanece latente en ciudadanos que, movidos por el miedo a la delincuencia, los inmigrantes o la crisis económica, claman por una "mano dura". Estos individuos, radicalizados y contrarios al centro político, facilitan el avance del neo-fascismo, fenómeno que ya se observa en Francia, en el ascenso de la AfD en Alemania y en el movimiento MAGA en Estados Unidos.

Finalmente, el autor reflexiona sobre la capacidad de adaptación de estos movimientos. Menciona que Giorgia Meloni en Italia ha debido moderar sus posturas extremistas para mantenerse en el poder, y destaca la caída de Viktor Orban en Hungría como prueba de que las alternativas republicanas pueden prevalecer. Asimismo, señala que el gobierno de Delcy Rodríguez en Venezuela ha tenido que romper con el ala madurista para satisfacer los intereses de Donald Trump y así asegurar su permanencia. Mires concluye que el fascismo es un virus que todos portamos y que se manifiesta cuando el cuerpo social está debilitado, sugiriendo que la única vía para enfrentar este "nuevo-viejo fascismo" podría ser, paradójicamente, el fortalecimiento de la democracia.

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