En un escenario global donde la inteligencia artificial ha dejado de ser una promesa para convertirse en una realidad disruptiva, surge una interrogante fundamental sobre el rol del ser humano en la producción de valor. Mientras gran parte del discurso actual se centra en la capacidad de la IA para optimizar procesos, Isidora Cabezón, directora ejecutiva del Centro para la Revolución Tecnológica en Industrias Creativas (CRTIC), plantea una visión donde la herramienta no es el fin, sino el medio. Para Cabezón, la tecnología por sí sola carece de la capacidad de avanzar de manera autónoma en términos de valor real; es la creatividad humana la que actúa como el motor impulsor y el elemento diferenciador que permite que la técnica evolucione y tenga sentido.
El contexto actual está marcado por una tensión creciente. La revolución de la inteligencia artificial ha generado una inquietud generalizada en diversos sectores productivos, principalmente debido a la amenaza de reemplazar oficios tradicionales y borrar la huella humana en la creación y la ejecución de tareas. Ante este panorama de incertidumbre, donde el miedo al desplazamiento laboral es protagonista, el CRTIC ha implementado una estrategia diametralmente opuesta. En lugar de competir contra la máquina o intentar resistir la marea tecnológica, este organismo apuesta por la integración simbiótica entre la capacidad de cómputo y la imaginación humana.
Para materializar esta visión, se ha instalado un laboratorio dentro del Movistar Arena, un espacio diseñado específicamente para ser el epicentro de una nueva metodología de trabajo. Este laboratorio no busca simplemente implementar software de última generación, sino utilizar la tecnología de punta como un catalizador para expandir la imaginación. El objetivo es claro: generar nuevos empleos y encontrar soluciones innovadoras para diversas industrias, transformando la amenaza de la automatización en una oportunidad de expansión creativa.
La tesis central de Isidora Cabezón radica en un cambio de paradigma sobre la relación hombre-máquina. Según la directora ejecutiva, la pregunta fundamental ha cambiado. Durante años, la industria se centró en el "qué podemos hacer con la tecnología", enfocándose en las capacidades técnicas, la potencia de procesamiento y las funcionalidades del software. Sin embargo, el CRTIC propone que hemos entrado en una era donde la pregunta correcta es "qué queremos hacer con la tecnología". Este desplazamiento del enfoque, de la capacidad a la voluntad y al propósito, es lo que define la esencia de la propuesta de Cabezón.
Este enfoque es la base de lo que se ha denominado como "tecnocreatividad". El ambicioso objetivo del Centro para la Revolución Tecnológica es convertir a Chile en una potencia en este ámbito. La tecnocreatividad no se entiende como la simple suma de técnica y arte, sino como un ecosistema donde la chispa humana es el componente irreemplazable. En este modelo, la tecnología proporciona la estructura y la velocidad, pero es el ingenio humano el que aporta la dirección, la ética, la sensibilidad y el valor agregado que ninguna línea de código puede replicar por cuenta propia.
El proyecto busca demostrar que, lejos de borrar la huella humana, la tecnología bien orientada puede amplificarla. Al centrarse en las industrias creativas, el CRTIC pretende que la tecnología sirva para resolver problemas complejos de diversas industrias, utilizando la creatividad como la herramienta de diagnóstico y diseño. De esta manera, el laboratorio en el Movistar Arena se posiciona no solo como un espacio de experimentación técnica, sino como un bastión de la capacidad humana frente a la automatización.
En conclusión, la visión de Isidora Cabezón y el CRTIC propone una hoja de ruta donde el progreso tecnológico no se mide por la cantidad de tareas que una máquina puede realizar, sino por la capacidad de los seres humanos para utilizar esas herramientas en función de sus propios deseos y necesidades creativas. Al apostar por la tecnocreatividad, Chile busca posicionarse en un lugar donde el valor no resida en la herramienta, sino en la mente que la opera, reafirmando que el avance real de la tecnología solo es posible cuando existe una chispa humana que la dirija.

