Barcelona, 4 de mayo Treinta años después, Manolo García y Quimi Portet, El Último de la Fila, ofrecieron un concierto marcado por la nostalgia y la lluvia en el Estadi Olímpic Lluís Companys, ante 56.000 asistentes. El evento, esperado durante décadas por sus seguidores, fue una celebración de la juventud recuperada a través de las canciones que han marcado una vida entera.
Los exteriores del estadio bullían con un ambiente festivo, con personas luciendo camisetas antiguas, rescatadas de armarios, que evidenciaban el paso del tiempo y la fidelidad a la banda. Manolo García, puntual, apareció a las ocho y media de la tarde con su característico estilo roquero: gafas de sol aviador, chaqueta y pañuelo, mientras que Quimi Portet optó por una camisa clara sobre una camiseta blanca, acorde a sus 68 años.
"Bona nit, ve ns i amics de Barcelona", saludó García, manteniendo el tono surrealista y retranqueo que siempre ha definido su discografía. El concierto comenzó con 'Huesos' y 'Conflicto armado', dos temas de Los Burros, la banda anterior de García y Portet.
El público, aunque numeroso, tardó en conectar completamente con el espectáculo. Las filigranas aflamencadas de la guitarra de Pedro Javier González en 'Querida Milagros' fueron el preludio al primer suspiro colectivo de la noche, interrumpido por la aparición de los primeros paraguas.
La lluvia, inevitable, provocó la protesta de Manolo García: "Que le den morcilla a la lluvia", exclamó mientras interpretaba 'Mi patria en mis zapatos', con imágenes de anuncios de Opel Astra y pollos asados proyectándose en las pantallas.
La catarsis llegó con 'Aviones plateados', seguida de 'El loco de la calle' y 'No me acostumbro', canciones que encendieron la emoción del público. Casi como una ironía del destino, el mal tiempo se disipó durante la interpretación de 'Dios de la lluvia', un chascarrillo sobre las alegrías que trae la humedad. García, rechazando una fregona para secar el escenario, decorado con peces algo agoreros, continuó con 'Soy un accidente'.
El concierto se convirtió en un homenaje a la Barcelona de los años 70, una ciudad floreciente de músicos como Lluís Llach, Pau Riba y Sisa. "Con este concierto hacemos una dedicatoria a la Barcelona de los 70, donde Quimi y yo hicimos el gamberro y asistimos a una ciudad floreciente de músicos como Lluís Llach, Pau Riba o Sisa, esto va para los músicos que lo hicieron posible", vociferó García, mientras blandía su pañuelo. 'La piedra redonda' acompañó esta declaración de intenciones.
'Mar antiguo' transformó el estadio en una constelación de linternas, mientras que 'Disneylandia', una canción que evoca la pérdida de la inocencia, llevó a García a arrastrarse por el escenario en un momento de teatralidad poco común en sus actuaciones.
'Cuando el mar te tenga' y 'El que canta a su mal espanta', acompañadas de un repunte del chubasco, desataron los vítores del público, aunque los coros fueron algo tímidos al principio. La situación cambió en la recta final del concierto, con himnos como 'Canta por mí', 'Llanto de pasión' y 'Lápiz y tinta' que revivieron tres décadas de recuerdos.
Sin sentimentalismos excesivos, García anunció la interpretación de 'Sara', canción dedicada a su hija, Sara García, quien también participó en el concierto con la guitarra eléctrica en 'Lejos de las leyes' y 'Dulces sueños'. Tras estos temas, el músico anunció una pausa para "cambiar calzoncillos y dar un trago".
Regresó al escenario con 'Ya no danzo al son de los tambores' y 'Los ángeles no tienen hélices', para luego reprender al público: "No aplaudáis, que la primera parte la he hecho como el culo". García retomó el inicio de la última canción y, tras una ejecución impecable, exigió el reconocimiento que ahora sí merecía.
El cierre del concierto, con 'Como un burro amarrado en la puerta del baile', un tema que contó con un majestuoso solo de Sara García y fue acompañado de cañones de fuego, y 'Insurrección', coreada de principio a fin por la multitud, encendió por completo el estadio.
Antes de abandonar el escenario, Quimi Portet y Manolo García interpretaron una versión de 'El rey' de José Alfredo Jiménez, sumando las voces de 56.000 personas que aún tenían ganas de más. El concierto, el primero de una decena programados en todo el país, dejó una sensación de reencuentro y nostalgia, confirmando el legado de El Último de la Fila en la música española.









