Un periodista argentino relató su experiencia al visitar un tramo poco conocido de la Gran Muralla China, encontrándose con una realidad alejada de los circuitos turísticos habituales. El viaje, facilitado por un amigo en China y un guía local, lo llevó a un pequeño poblado en las afueras de la ciudad, donde la pobreza y la amabilidad de sus habitantes contrastaron fuertemente con la monumentalidad de la estructura milenaria.
El recorrido comenzó antes del amanecer, en un paraje cuyo nombre el periodista ya no recuerda. Tras ser recibido por una anciana que custodiaba la entrada armada con un palo y cereal seco, y tras seguir estrictas instrucciones de no mirarla a los ojos ni hablarle, pudo acceder a un tramo de la muralla no restaurado, donde el camino se interrumpía en algunos puntos, obligándolo a ascender y descender repetidamente. A pesar de la advertencia de no tomar fotografías, el periodista capturó imágenes de la guardiana, quien respondió con una sonrisa.
La Gran Muralla China, que se extiende por aproximadamente 7000 kilómetros desde Shanhaiguan hasta las montañas de Yanshan, es un testimonio de la historia y la ingeniería de diversas dinastías chinas. Su construcción se inició alrededor del año 200 a.C., utilizando inicialmente tierra y barro prensado. Con el tiempo, se emplearon técnicas más avanzadas, como ladrillos y una mezcla que incluía harina de arroz, lo que le otorgó una resistencia comparable al concreto. Esta técnica explica la perdurabilidad de muchos tramos, mientras que las estructuras más antiguas se han deteriorado con el paso del tiempo.
La muralla está compuesta por tramos interconectados mediante torres de vigilancia, que funcionaban como pequeñas fortalezas donde los guardias permanecían durante meses. Estas torres contaban con espacios en su nivel inferior para el descanso y la alimentación, y en la planta superior para el almacenamiento de provisiones. Tanto la muralla como las torres estaban equipadas con parapetos con almenas para proteger a los defensores, así como con aspilleras para disparar flechas, que posteriormente fueron reemplazadas por armas de fuego.
A lo largo de los siglos, se añadieron nuevos segmentos y se reconstruyeron otros con fines defensivos. Sin embargo, a partir del siglo XVI, con los cambios políticos y la expansión de las dinastías, la muralla perdió su función militar y se transformó en uno de los destinos turísticos más emblemáticos del mundo.
El periodista relató que, a pesar de la creencia popular, la Gran Muralla no es visible a simple vista desde el espacio o la Luna debido a su estrechez. Más allá de la estructura física, reflexionó sobre las barreras invisibles que construimos en la mente, como la injusticia, la ignorancia y la mezquindad, que nos impiden conectar con los demás.
Durante su visita, el periodista tuvo la oportunidad de compartir una comida con los habitantes del poblado, un menú que su guía no pudo explicarle completamente, pero que disfrutó con gratitud. Comieron sentados en el suelo, utilizando palillos, una práctica que ya dominaba con cierta destreza. Este encuentro, más allá de la experiencia turística, le permitió conectar con la cultura local y apreciar la amabilidad de sus habitantes, a pesar de sus condiciones de vida.
La experiencia del periodista destaca la importancia de explorar más allá de los circuitos turísticos convencionales, para descubrir la autenticidad de los lugares y conectar con las personas que los habitan. Su relato es un testimonio de la riqueza cultural y la hospitalidad de China, y una invitación a reflexionar sobre las barreras que nos separan como seres humanos. La Gran Muralla, más allá de su imponente estructura, se convierte en un símbolo de la historia, la resistencia y la conexión entre culturas. El encuentro con la guardiana y los habitantes del poblado, más allá de la curiosidad periodística, se transforma en una experiencia humana inolvidable, un recordatorio de que la verdadera riqueza reside en la capacidad de conectar con los demás y apreciar la diversidad del mundo.


