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Oklahoma City: Venganza y Odio Federal

Oklahoma City: Venganza y Odio Federal
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Timothy McVeigh eligió el 19 de abril de 1995 para atacar el Edificio Federal Alfred P. Murrah en Oklahoma City, marcando el segundo aniversario de la Masacre de Waco, un evento que lo había indignado profundamente. McVeigh, presente como espectador durante el asedio de 51 días a la secta religiosa Los Davidianos de la Rama liderada por David Koresh, consideró la intervención del FBI como brutal y vio en ella un ejemplo de la tiranía gubernamental.

Motivado por un deseo de venganza, McVeigh planeó un atentado que serviría como un mensaje contundente contra un gobierno que, en su opinión, oprimía la libertad individual. El objetivo era el edificio federal, un símbolo de ese poder que él percibía como opresor. A pesar de ser consciente de que su acción causaría numerosas muertes, incluso de personas inocentes, McVeigh justificó su plan, minimizando el valor de las vidas perdidas. En una conversación con su cómplice, Terry Nichols, comparó a las posibles víctimas con soldados imperiales de La Guerra de las Galaxias , argumentando que la destrucción masiva, como las bombas de Hiroshima y Nagasaki, podía acortar conflictos y, por lo tanto, salvar vidas.

El día del atentado, a las 8:55 de la mañana, McVeigh estacionó un camión Ryder cargado con 2.300 kilos de explosivos frente al edificio del FBI. Vestido con una camiseta que mostraba a Abraham Lincoln y la frase Sic semper tyrannis ( Así siempre a los tiranos ), la misma exclamación pronunciada por John Wilkes Booth al asesinar al presidente Abraham Lincoln, McVeigh se alejó tranquilamente del vehículo. Las cámaras de seguridad captaron su partida, mostrando a un hombre aparentemente despreocupado.

A las 9:02 de la mañana, la bomba explotó, causando una devastación sin precedentes. El atentado dejó un saldo de 168 muertos, incluyendo 19 niños menores de seis años, y casi setecientos heridos. Los daños materiales superaron los 650 millones de dólares, convirtiéndose en el mayor atentado terrorista en suelo estadounidense hasta los ataques del 11 de septiembre.

Se cree que McVeigh sintió satisfacción al escuchar la explosión, habiendo ya abandonado la zona en su automóvil. Su venganza estaba consumada.

Timothy McVeigh, de 33 años al momento del atentado, provenía de una familia trabajadora. A pesar de la oferta de su padre para trabajar en la misma fábrica de radiadores, McVeigh prefirió una carrera en seguridad, aunque se aburrió rápidamente. Su interés por las armas lo llevó a alistarse en el ejército y participar en la Guerra del Golfo, donde fue ascendido a cabo y condecorado. Sin embargo, no logró ingresar al cuerpo de boinas verdes debido a preocupaciones sobre su estabilidad mental.

Su experiencia en Irak lo marcó profundamente. McVeigh se sintió indignado por la manipulación de la información por parte de sus superiores, quienes negaron bajas civiles y atribuyeron muertes a fuerzas iraquíes cuando él sabía que eran causadas por fuego amigo . Esta experiencia alimentó su desconfianza hacia el gobierno federal, al que comenzó a ver como un ente engañoso y opresor.

Tras dejar el ejército, McVeigh recorrió el país, conectando con grupos extremistas, milicias supremacistas y fanáticos religiosos que compartían su odio hacia el gobierno. Adoptó la creencia de que un ciudadano armado es un baluarte de la libertad, mientras que uno desarmado es un súbdito.

En 1993, McVeigh se dirigió a Waco, Texas, para presenciar el asedio a la granja de los Davidianos. La masacre del 19 de abril, en la que murieron más de ochenta personas, incluyendo mujeres y niños, fue el punto de inflexión que lo impulsó a planificar el atentado en Oklahoma City.

McVeigh no actuó solo. Contó con la ayuda de Terry Nichols y Michael Fortier, compañeros de la Guerra del Golfo que compartían sus ideas extremistas. Juntos, planificaron cuidadosamente el ataque, eligiendo el edificio del FBI en Oklahoma City como objetivo. McVeigh inicialmente desconocía que el edificio albergaba una guardería infantil, un detalle que, según sus propias palabras, podría haberlo hecho reconsiderar su plan.

Fortier se retiró del plan antes del atentado, pero prometió guardar silencio. Nichols, en cambio, permaneció involucrado hasta el final.

El día del atentado, Oklahoma City estaba concurrida. A las 9:02 de la mañana, la explosión sacudió la ciudad, destruyendo el edificio del FBI y causando un caos generalizado. McVeigh huyó del lugar en un automóvil destartalado, dejando una pista crucial: la falta de la chapa patente delantera.

Inicialmente, las autoridades sospecharon de terroristas extranjeros, como Osama bin Laden o comandos iraquíes. Sin embargo, el agente especial Clinton van Zandt, de la Unidad de Ciencias del Comportamiento del FBI, sugirió que el autor podría ser un estadounidense, un hombre blanco, con experiencia militar y afiliado a alguna milicia, motivado por la masacre de Waco.

McVeigh fue detenido poco después del atentado, gracias a la falta de la chapa patente de su automóvil. Durante el interrogatorio, no ocultó su responsabilidad, mostrando arrogancia y orgullo. Se negó a revelar detalles del plan, esperando que las autoridades los descubrieran por sí mismas.

Después de ser sometido a evaluaciones psicológicas, McVeigh expresó su deseo de ser condenado a muerte. El 2 de junio de 1997, un jurado lo declaró culpable y lo sentenció a muerte. Terry Nichols recibió cadena perpetua por complicidad, y Michael Fortier fue condenado a 14 años de prisión por no haber alertado a las autoridades sobre el plan.

McVeigh fue trasladado a la prisión Supermax de Florence, Colorado, donde compartió celda con otros terroristas de alto perfil. Fue ejecutado mediante inyección letal el 11 de junio de 2001, en la prisión de Terre Haute, Indiana.

En su última entrevista, McVeigh recitó el poema Invictus de William Ernest Henley, y realizó un balance escalofriante de sus acciones, describiendo su ejecución como un suicidio asistido por el Estado . Se jactó de haber ganado 168 a uno y de disfrutar de comodidades básicas durante su encarcelamiento.

Finalmente, McVeigh expresó su falta de remordimiento a las familias de las víctimas, argumentando que la muerte y el sufrimiento son inevitables y que su acto no era único.

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