ÚLTIMA HORA

Cobertura global las 24 hs. • domingo, 19 de abril de 2026 • Noticias actualizadas al minuto.

Menú

MEMES Y GUERRA: LA NUEVA PROPAGANDA

MEMES Y GUERRA: LA NUEVA PROPAGANDA

La estrategia comunicacional de Donald Trump trasladó la lógica del meme a la guerra: eliminar la complejidad, privilegiar el impacto y convertir su fracaso en propaganda viral. El humor, lejos de ser inocente, ha evolucionado hacia un cinismo oscuro que normaliza la crueldad bajo la ironía, un fenómeno que encuentra sus raíces en espacios marginales de internet como el foro Políticamente incorrecto de 4chan, donde el anonimato facilita discursos socialmente inaceptables como el racismo y la xenofobia.

Durante la campaña presidencial estadounidense de 2016, el equipo de Trump identificó la oportunidad que representaban los memes dirigidos contra Hillary Clinton, amplificándolos desde sus propias cuentas. Juan Ruocco, autor de "¿La democracia en peligro?", sostiene que la derecha encontró una forma contemporánea de actualizar viejas ideas, convirtiendo los memes en una herramienta clave para vehiculizar discursos políticos de manera eficaz y masiva, esencialmente la propaganda de nuestra época.

Ruocco inscribe este fenómeno en el marco del capitalismo posmoderno , basándose en las ideas de Gilles Deleuze sobre la sociedad de control. En lugar de moldear a los sujetos a través de instituciones tradicionales como la escuela o la fábrica, el sistema opera hoy mediante flujos, modulaciones y redes descentralizadas. El meme, en este contexto, es profundamente deleuziano: carece de un centro emisor claro, circula, muta y se reconfigura, construyendo sus significados en tránsito. Aunque no es ideológicamente neutro, predominan los memes de derecha y ultraderecha.

Esta lógica ha transformado la comunicación política institucional. Las cuentas oficiales de Donald Trump adoptaron un lenguaje cercano a la cultura digital, utilizando piezas ambiguas, códigos internos de internet y contenidos diseñados para circular, no para explicar. Este enfoque convierte incluso hechos de extrema gravedad en espectáculo viral, como los bombardeos reales editados con estética de videojuego durante la guerra en Irán, acumulando millones de visualizaciones. La frontera entre información, propaganda y entretenimiento se diluye, generando rechazo en quienes han vivido esas experiencias fuera de la pantalla.

La comunicación institucional estadounidense en torno a la guerra ha sido históricamente objeto de escrutinio. Las conferencias informativas del Pentágono durante la Operación Tormenta del Desierto en 1991, con su énfasis en imágenes incruentas de armamento de alta tecnología, fueron criticadas por inaugurar una era de guerra Nintendo . La interrelación entre guerra y cultura popular tiene precedentes, como los cortos de Looney Tunes pro-bélicos durante la Segunda Guerra Mundial o los aviones de combate decorados con imágenes de Rita Hayworth.

Sin embargo, antes existían límites. Franklin D. Roosevelt no mezclaba imágenes de combate con escenas de The Three Stooges en sus noticieros. Hoy, la Casa Blanca elige personajes predominantemente masculinos para sus productos, una selección que dialoga con el uso sistemático de memes en redes sociales para interpelar a audiencias jóvenes y con una retórica política centrada en la restauración de una masculinidad supuestamente perdida, especialmente en el ámbito militar.

Un video se abre con la voz de Tony Stark (Robert Downey Jr.) pronunciando: Papá ha vuelto , apelando a una emocionalidad primaria de autoridad, orden y regreso del poder. Más allá de esta pulsión, la maquinaria política de Trump busca eliminar la necesidad de narrativas complejas, sustituyendo la explicación por el impacto. La política exterior se convierte en un producto de consumo rápido, diseñado para circular, acumular visualizaciones y generar adhesión inmediata.

Esta simplificación no oculta las contradicciones de fondo. La guerra, en términos estratégicos, fracasó desde el inicio, sin lograr el objetivo declarado de crear condiciones para un cambio de régimen. Irán terminó siendo un conflicto que Trump nunca comprendió, buscando una intervención breve y un golpe de fuerza que reafirmara la supremacía militar estadounidense y disciplinara a su adversario. El resultado fue el inverso, derivando en una crisis de escala global con disrupciones energéticas, presiones inflacionarias y una reconfiguración geopolítica que fortaleció a sus principales rivales.

La promesa de una victoria rápida se transformó en un atolladero. Frente a este escenario, la respuesta comunicacional fue redoblar la simplificación, encapsulando el conflicto en piezas virales, estetizando la violencia y convirtiendo la derrota en una narrativa de triunfo, dirigida principalmente a varones jóvenes, adolescentes o en sus veintes. En este cruce entre propaganda, cultura digital y política, lo que está en juego no es solo el relato de una guerra, sino la forma misma en que las sociedades contemporáneas la consumen. La estrategia de Trump no solo buscó una victoria militar, sino una victoria en la narrativa, una victoria en la percepción, utilizando las herramientas de la cultura digital para moldear la opinión pública y justificar sus acciones, incluso frente a la evidencia de su fracaso. La normalización de la simplificación extrema y la estetización de la violencia representan un peligroso precedente para el futuro de la comunicación política y la comprensión pública de los conflictos internacionales. La capacidad de distinguir entre realidad y propaganda se ve cada vez más comprometida, erosionando la confianza en las instituciones y dificultando la toma de decisiones informadas. La guerra, en este nuevo contexto, se convierte en un espectáculo, un producto de consumo, desprovisto de su complejidad y sus consecuencias humanas.

¿Te gusta estar informado?

Recibe las noticias más importantes de Latinoamérica directamente en Telegram. Sin Spam, solo realidad.

Unirme Gratis