El 10 de abril de 1938, un evento alarmante sacudió la capital argentina. Con la aquiescencia del gobierno conservador del Presidente Roberto Ortiz, más de 20.000 simpatizantes nazis se reunieron en el Luna Park para celebrar la anexión de Austria a la Alemania de Adolf Hitler. Este encuentro, el más grande de su tipo fuera de las fronteras alemanas, evidenció una preocupante penetración del ideario nacional-socialista en el país, una influencia que, según se revela, persiste en ciertos círculos hasta el día de hoy.
Cuatro años después, el 22 de julio de 1942, una fecha marcada por la conmemoración de la destrucción del Templo de Jerusalén, se convirtió en un sombrío recordatorio de la barbarie nazi. Ese día, las fuerzas alemanas iniciaron la deportación masiva de judíos desde el gueto de Varsovia, una operación que se extendió hasta el 21 de septiembre y culminó con el envío de 265.000 personas al campo de exterminio de Treblinka.
Tras las deportaciones a Treblinka, entre 55.000 y 60.000 judíos permanecieron hacinados en el gueto, confinados a una superficie drásticamente reducida. Entre los sobrevivientes, en su mayoría jóvenes, se propagó un profundo sentimiento de orfandad y una creciente conciencia de la magnitud de la tragedia. Muchos se culpaban por no haber ofrecido resistencia y por permitir la deportación de sus familias, temiendo que su propio destino fuera similar. Sin embargo, tras intensas negociaciones, en octubre de 1943 se logró establecer un marco para la resistencia armada.
El 19 de abril de 1943, al mediodía, comenzó el levantamiento del gueto de Varsovia, desencadenado por la entrada de la policía y las tropas alemanas con el objetivo de deportar a los últimos habitantes sobrevivientes. Un grupo de 750 combatientes judíos, con una valentía admirable, se enfrentó a la abrumadora superioridad numérica y armamentística de las fuerzas nazis. Levantaron barricadas en las calles, dentro de edificios e incluso en bunkers secretos, decididos a resistir a cualquier costo.
La resistencia sorprendió a los alemanes, obligándolos a retirarse fuera de los muros del gueto. El comandante alemán, el General de las SS J rgen Stroop, un militar paranoico y despiadado, informó sobre la pérdida de varios hombres durante el primer ataque.
Aunque la resistencia organizada fue sofocada en pocos días, pequeños grupos y personas continuaron luchando contra los alemanes durante casi un mes. Stroop, en un intento de simbolizar la victoria nazi, ordenó la destrucción de la Gran Sinagoga el 16 de mayo de 1943. El gueto quedó reducido a escombros, y el General Stroop informó finalmente que habían asesinado a más de 7.000 judíos durante el levantamiento.
El levantamiento del gueto de Varsovia, un grito de libertad que resonaría dos años después con la derrota definitiva de la Alemania nazi el 8 de mayo de 1945, sirve como un recordatorio eterno de la naturaleza de los regímenes totalitarios. Estos regímenes se caracterizan por su control absoluto sobre la vida de las personas, reduciendo a los ciudadanos a meros instrumentos para los fines perversos de los dictadores.
Al recordar el gueto de Varsovia, es imperativo no olvidar las atroces violaciones de los derechos humanos, incluyendo las cometidas contra niños, que continúan ocurriendo en Ucrania desde hace cuatro años. La comunidad internacional tiene la obligación moral de actuar con urgencia, poniendo fin a la complicidad y la verg enza.
Ucrania, en la actualidad, se alza con una fuerza extraordinaria, portando la antorcha de la libertad contra la opresión rusa. Es nuestro ferviente deseo acompañar al pueblo ucraniano en su lucha, apoyando sus valores y principios que compartimos universalmente.
Para salvaguardar las democracias, es fundamental enfrentar tanto a la extrema izquierda como a la extrema derecha sin concesiones. En este contexto, el reciente triunfo de Peter Magyar en Hungría representa una luz de esperanza. Su victoria demuestra la resiliencia del sistema democrático, un defensor irremplazable de la libertad.
Hungría está retornando al multilateralismo, a los organismos internacionales, en particular a la Unión Europea y a la OTAN. Simultáneamente, se espera un enfriamiento significativo en la relación con el régimen actual y un fortalecimiento de los lazos con Ucrania. Es bienvenido este retorno de Budapest al mundo globalizado e interdependiente.
La fuerza de esta cruzada reside en la convicción de nuestros principios liberales, que se gestaron hace más de trescientos años cuando las cadenas de la opresión medieval fueron rotas por las ideas de la Ilustración. Estas ideas germinaron en Europa y se propagaron hacia América del Norte, como un reguero de pólvora imparable.
Finalmente, que el levantamiento del gueto de Varsovia nos inspire a ser guardianes de la memoria y defensores incansables de la libertad, la paz y los derechos humanos. Solo recordando el pasado podemos asegurar que el horror del nacional-socialismo nunca se repita.











