El Teatro Real apuesta por una revisión del repertorio con una nueva producción de La novia vendida de Bed ich Smetana, desafiando la complacencia de un público acostumbrado a los títulos más consagrados. Joan Matabosch, director del teatro, continúa su labor de ampliar horizontes, recordando que el repertorio operístico es mucho más extenso que los habituales pilares de la temporada. La ópera, que se presenta del 14 al 30 de abril, no se ofrece como una curiosidad exótica, sino como una obra maestra largamente subestimada.
Durante mucho tiempo, Smetana ha sido percibido con una condescendencia que reserva un aplauso simpático al compositor nacional, al pintor de costumbres, al animador de fiestas aldeanas. La novia vendida , en particular, ha sido tratada como una pieza graciosa, colorista y simpática, una obra que se sonríe antes de escucharla. Sin embargo, esta percepción es un error, ya que la ópera posee una ligereza seria , una combinación de brío, malicia y agilidad que esconde una observación incisiva sobre el amor, el dinero, el matrimonio como acuerdo y la identidad como mercancía negociable. Smetana no compone una postal, sino una trampa encantadora que, bajo el júbilo escénico, revela una comedia feroz sobre la administración de los afectos.
La calidad de la obra reside en su precisión para convertir una intriga sentimental en un retrato social, en la frescura de su música y en la complejidad de sus personajes, cada uno con sus propios intereses, cálculos y fragilidades. La maquinaria escénica de la ópera gira con una naturalidad tan perfecta que parece improvisada, una característica propia de las grandes obras. El espectador que se acerca a la obra con la sospecha de encontrar una curiosidad, termina corrigiendo su mapa mental, y viceversa.
Gustavo Gimeno, director musical de esta producción, acierta al no tratar la partitura como algo que simplemente debe discurrir. Evita la confusión entre vivacidad y desorden, entre encanto e indulgencia, errores que La novia vendida no perdona. La obra necesita una batuta despierta, con pulso, relieve y disciplina, cualidades que Gimeno aporta a la dirección. La música avanza, brinca y respira, pero nunca se derrama, manteniendo una claridad que no enfría y una energía que no atropella. Este enfoque devuelve a Smetana la categoría que a veces se le niega, presentándolo no como un fabricante de color local, sino como un dramaturgo musical de primera fila, dueño de una arquitectura finísima y de un instinto teatral prodigioso. El foso no acompaña la escena con docilidad decorativa, sino que la sostiene, la espolea y la contradice cuando conviene, mostrando nervio en la cuerda, perfil en la madera y una atención constante al dibujo de la frase.
Laurent Pelly, director de escena, ha encontrado la puerta de entrada perfecta a la obra recurriendo a la animación checa de mediados del siglo XX. Esta referencia no se impone como una coartada culta, sino que funciona, dotando a la función de un aire de fábula torcida, una levedad extraña y un humor ligeramente oblicuo que encaja a la perfección con el espíritu de la obra. Pelly es consciente del peligro de caer en la monería o el griterío, y evita ambas tentaciones. Su montaje conserva la gracia sin envilecerla, presentando personajes con verdad y profundidad. Ma enka y Jeník pisan el escenario con autenticidad, Kecal no se reduce a la mueca del manipulador jocoso, y Va ek deja de ser un simple pelele al recibir una densidad humana. Esta inteligencia vale media función, ya que Pelly observa a sus criaturas con ironía, pero sin despreciarlas, concediéndoles espesor moral. Una comedia solo se vuelve memorable cuando el ridículo nunca cancela del todo la compasión.
La escenografía resume la tesis de la obra sin subrayados groseros. La nube de muebles suspendida sobre la escena cifra, con una elocuencia deliciosa, el verdadero asunto de la obra: el amor circula bajo la sombra de la propiedad, la pasión hace sus cuentas delante del aparador, y la alcoba lleva inventario. No hay ocurrencia más cómica porque no hay verdad más incómoda, y Pelly la clava con ligereza, logrando que duela más.
El reparto responde a la exigencia de una ópera que no admite el lucimiento aislado ni el divismo de escaparate. La obra pide voces que sepan actuar, escuchar, integrarse, medir el tono y entender la respiración del conjunto. Svetlana Aksenova, Pavel ernoch, G nther Groissb ck y Mikeldi Atxalandabaso se mueven con solvencia dentro de este mecanismo común, sin forcejear con el estilo ni imponer una función paralela. El coro, tan decisivo, participa con plenitud de una coreografía colectiva que devuelve a Smetana la media sonrisa de la ironía.
En definitiva, la nueva producción de La novia vendida en el Teatro Real es una apuesta valiente y necesaria que rescata una obra maestra del olvido y ofrece una reflexión incisiva sobre la sociedad y las relaciones humanas. Es una invitación a descubrir la riqueza y la complejidad de un repertorio que va más allá de los títulos más conocidos, y a disfrutar de una ópera que, bajo su apariencia ligera y divertida, esconde una profunda verdad.
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