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El Monstruo de la Soga: Confesión escalofriante de un asesino serial

El Monstruo de la Soga: Confesión escalofriante de un asesino serial

Luis Ramírez Maestre, conocido como el monstruo de la soga , confesó haber asesinado a más de 30 mototaxistas en el Caribe colombiano y el Magdalena Medio, revelando detalles macabros sobre su modus operandi y su perturbadora falta de remordimiento. La historia, que resurgió con fuerza en abril de 2026, detalla cómo este criminal operó durante años, sembrando el terror entre los conductores de motocicletas en varias regiones del país.

Ramírez Maestre, quien fue desplazado por la Oficina de Envigado en 2008, describió con una frialdad escalofriante cómo seleccionaba a sus víctimas, basándose en errores que cometieran y que encajaran en su perfil: mototaxistas. Según su relato, la elección era aleatoria, sin predilección alguna, y su objetivo era impartir una justicia propia, retorcida y despiadada.

La confesión del asesino serial revela una mente perturbada, obsesionada con el control y la ejecución de sus macabros planes. Describió con precisión cada detalle de sus crímenes, desde la planificación hasta la ejecución, incluyendo la elección de las cuerdas, los nudos utilizados y la forma en que inmovilizaba a sus víctimas. Su habilidad en cabuyería, adquirida en labores del campo, se convirtió en su firma, un sello de horror que dejó una profunda cicatriz en las comunidades afectadas.

Ramírez Maestre no hablaba de víctimas, sino de limpieza , de justicia a su medida . Veía a los mototaxistas como despojos , individuos que, según su percepción, perturbaban el orden público y se dedicaban a actividades delictivas. Esta justificación, aunque retorcida, le permitía racionalizar sus actos y despojarlos de cualquier carga moral.

Su historia comenzó en Valledupar en 2006, donde encontró una excusa para justificar sus crímenes. En una ciudad marcada por la violencia y la delincuencia, se convenció de que era necesario devolver el orden, convirtiéndose en un juez y ejecutor implacable. No le temblaron las manos al imaginar el plan, ni al ponerlo en marcha, operando en un contexto de violencia generalizada, donde el paramilitarismo había echado raíces profundas.

A pesar de la presencia de otros grupos armados, el modus operandi de Ramírez Maestre era diferente. Sus crímenes eran más íntimos, más personales, y quizá por eso más difíciles de detectar. La catarata de aflicción que generó se confundió con el fragor de la violencia generalizada, lo que le permitió actuar con impunidad durante años.

El asesino serial describió con detalle cómo seguía a sus víctimas, incluso hasta sus hogares, para ganarse su confianza y acercarse lo suficiente como para llevar a cabo sus planes. Les ofrecía conversación, se hacía necesario, construyendo una fachada de normalidad que ocultaba su verdadera naturaleza. Nunca dejó caer el antifaz, nunca permitió que asomara la abominación que lo habitaba.

Recordaba a cada una de sus víctimas, desde el primero hasta el último, sus rostros en el borde final, sus gestos mínimos, el instante exacto en que la certeza los alcanzaba. Recordaba, sobre todo, la confianza que depositaban en él, una confianza que él explotaba sin piedad.

El primer asesinato, según su relato, fue el de un joven de 19 años. Intentó convencerlo para que se uniera a su macabro proyecto, pero el joven se negó. Esa negativa selló su destino. Ramírez Maestre lo inmovilizó y lo asesinó, utilizando sus habilidades en cabuyería para atarlo de pies y manos en una trampa mortal.

A partir de ese momento, la muerte se convirtió en un hábito, una rutina que repetía una y otra vez. Trazaba la próxima ruta funesta, sumando víctimas a su macabro conteo. Su periplo criminal lo llevó incluso a Medellín, donde fue desplazado por la Oficina de Envigado .

Irónicamente, Ramírez Maestre denunció su desplazamiento ante la Fiscalía, buscando una indemnización. Los investigadores tenían indicios de su participación en los crímenes y lo llamaron para interrogarlo en 2012. Fue en ese momento, al intentar cobrar su indemnización, que fue capturado.

La confesión de Ramírez Maestre plantea interrogantes sobre la naturaleza del mal y la capacidad humana para la crueldad. Su relato revela una mente perturbada, obsesionada con el control y la justificación de sus actos. Su falta de remordimiento, su frialdad y su egocentrismo son escalofriantes.

El caso del monstruo de la soga es un recordatorio de la importancia de la justicia, la memoria y la lucha contra la impunidad. Es un llamado a la reflexión sobre las causas de la violencia y la necesidad de construir una sociedad más justa y humana. La historia de Luis Ramírez Maestre, un asesino serial que sembró el terror en el Caribe colombiano y el Magdalena Medio, es un capítulo oscuro en la historia del país que no debe ser olvidado.

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