El discurso beligerante del expresidente Donald Trump y sus posteriores comentarios en redes sociales han puesto de manifiesto una verdad incómoda: la economía estadounidense, a pesar de su independencia energética aparente, sigue siendo vulnerable a las tensiones en el estrecho de Ormuz. Inicialmente, Trump declaró que Estados Unidos no dependía del petróleo que transita por esta crucial vía marítima, incluso lanzando una amenaza directa a Irán. Sin embargo, el rápido aumento del precio del petróleo tras sus declaraciones, superando los 111 dólares por barril, ha revelado una realidad más compleja.
Si bien es cierto que Estados Unidos ha logrado una notable independencia energética gracias al auge del fracking y la perforación horizontal, especialmente en la cuenca Pérmica de Texas, produciendo alrededor de 22 millones de barriles diarios (superando a Arabia Saudita), el país sigue importando más de 6 millones de barriles al día, representando aproximadamente un tercio de su consumo total. Esta importación no se debe a una falta de producción general, sino a la calidad del crudo. Estados Unidos produce principalmente crudo ligero y dulce, ideal para la gasolina, pero carece de suficiente crudo pesado y agrio, necesario para la producción de combustible para calefacción, asfalto y diésel. Por lo tanto, el país depende de importaciones de fuentes como Venezuela y Medio Oriente para cubrir estas necesidades.
Además, el mercado petrolero es globalmente interconectado. Una interrupción en el suministro en una región inevitablemente afecta a los precios en todo el mundo. La amenaza de cierre del estrecho de Ormuz, por el que transita aproximadamente el 20% del petróleo mundial, ha generado una competencia feroz por los barriles disponibles, elevando los precios para todos los importadores.
El aumento del precio del petróleo ya está teniendo un impacto tangible en la economía estadounidense. Los precios de la gasolina han alcanzado un promedio de 4,11 dólares por galón, afectando especialmente a los hogares de ingresos medios y bajos. Pequeñas empresas, incapaces de trasladar los mayores costos a los consumidores, se enfrentan a decisiones difíciles sobre la plantilla. La principal preocupación reside en la posibilidad de que los altos precios destruyan la demanda de gasolina y petróleo, lo que, aunque podría eventualmente reducir los precios, podría sumir a la economía en una recesión si los consumidores y las empresas no pueden permitirse llenar sus tanques o realizar viajes.
Analistas de Wall Street estiman que cada aumento de 10 dólares en el precio del barril de petróleo puede reducir entre 0,1 y 0,4 puntos porcentuales del Producto Interno Bruto (PIB) de Estados Unidos. El reciente aumento de 40 dólares podría restar alrededor de un punto porcentual al PIB, una cifra significativa aunque no necesariamente catastrófica. Sin embargo, la situación podría deteriorarse rápidamente si los precios continúan subiendo. El encarecimiento del transporte, impulsado por el aumento del precio del diésel, afectará a una amplia gama de bienes y servicios. Además, la interrupción del suministro de otros productos que transitan por el estrecho, como aluminio, helio y fertilizantes, podría elevar los precios de materiales de construcción, microchips y alimentos.
Se prevé que la inflación anual al consumidor de marzo se dispare hasta alrededor del 3,5%, anulando por completo el aumento promedio de los salarios del año pasado para los trabajadores estadounidenses. La economía estadounidense puede absorber un período de tiempo el shock provocado por un petróleo por encima de los 100 dólares por barril, pero un precio que alcance los 150 o 200 dólares por barril representaría un escenario mucho más peligroso.
La retórica cambiante de Trump, oscilando entre amenazas de intervención y llamados a la autosuficiencia, ha contribuido a la volatilidad del mercado petrolero. Su administración ha prometido escoltas navales para los petroleros y garantías de seguro, pero también ha instado a otros países a asumir la responsabilidad de reabrir el estrecho. Irán, por su parte, ha amenazado con cobrar peajes por el paso seguro a través del estrecho, una medida que probablemente será rechazada por muchos países del Golfo. Incluso un estrecho parcialmente abierto podría generar un déficit de entre 4,4 y 8 millones de barriles diarios, según estimaciones de Citi.
Trump fijó un plazo para que Irán reabra el estrecho, pero la respuesta de Irán sigue siendo incierta. La falta de una estrategia clara de salida de Estados Unidos de la confrontación con Irán ha generado preocupación en los mercados, temiendo que las amenazas de escalada puedan causar un daño aún mayor al suministro de crudo. La situación es compleja y volátil, y el futuro del estrecho de Ormuz, y con él, la salud de la economía global, pende de un hilo. La amenaza de Trump, aunque inicialmente desestimada, ha revelado la interdependencia del mundo en materia energética y la vulnerabilidad de Estados Unidos a las tensiones geopolíticas en Medio Oriente.











