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Escuelas en Crisis: Entre la Prisa Digital y la Impotencia Reflexiva

Escuelas en Crisis: Entre la Prisa Digital y la Impotencia Reflexiva
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El inicio de un nuevo ciclo lectivo encuentra a la escuela argentina inmersa en un contexto de profundas transformaciones culturales y sociales, que desafían los modelos educativos tradicionales y exigen una revisión de las prácticas pedagógicas. Los problemas de bullying, las dificultades en la lectoescritura y los conflictos escolares, recurrentes en cada comienzo de año, son síntomas de una problemática más amplia que radica en la desconexión entre la escuela, la familia y el mundo contemporáneo.

La omnipresencia de la tecnología y la cultura digital han modificado radicalmente la forma en que los estudiantes acceden a la información y procesan el conocimiento. La lectura tradicional, lineal y sostenida, se ve desplazada por una multialfabetización que incluye imágenes, símbolos, memes y códigos, estimulando una decodificación rápida y fragmentada. Esta habilidad, valorada en el mercado laboral, genera ritmos acelerados que impactan en la vida cotidiana de los estudiantes, reduciendo los tiempos de descanso, la concentración y la reflexión.

Este ritmo frenético genera un agotamiento que se manifiesta incluso antes de comenzar las clases. Existe una conciencia difusa de que algo no funciona, de que hay alternativas posibles, pero la reflexión se torna agotadora, dando lugar a una impotencia reflexiva . Se sabe, pero no se actúa, porque se desconoce el propio potencial en un contexto donde lo antiguo se desvanece y el futuro es incierto.

La relación entre escuela y familia se encuentra también en tensión. Cuando la escuela se siente incapaz de abordar los desafíos, demanda la intervención de la familia, y cuando la familia percibe dificultades, se siente abrumada por las exigencias escolares. Este círculo vicioso se intenta resolver simplificando roles: la familia educa y la escuela enseña. Sin embargo, esta concepción segmentada ignora la complementariedad y la interdependencia de ambos espacios vinculares, que comparten un mundo en común.

La escuela debe comprender que la familia actual prioriza la crianza basada en el placer y la búsqueda de la menor resistencia frente a las demandas cotidianas. Este imperativo del disfrute, a menudo motivado por el cansancio y el cariño, erosiona la autoridad y los valores que sostienen la vida en común. La autoridad, para ser válida, debe promover lo relacional, entendiendo que la libertad, la igualdad y la fraternidad son inseparables.

El nuevo ciclo lectivo se inscribe en un tiempo de ruptura, que exige abandonar la nostalgia por el pasado y asumir los desafíos del presente. La escuela debe incorporar al espacio educativo el desarrollo humano alcanzado, incluyendo las nuevas tecnologías, las advertencias sobre sus usos, las guerras, los conflictos, el cambio climático y las nuevas formas de construir lazos sociales. Debe habilitar un tiempo de pausa que entrelace la reflexión con el encuentro con la diversidad.

Sin embargo, la escuela se enfrenta a la presión de un mundo que exige productividad constante, quedando subordinada a ritmos acelerados y a tecnologías que simplifican las relaciones y priorizan resultados rápidos. La escolaridad se reduce a alfabetizaciones mínimas, manejo instrumental de tecnologías y desarrollo de habilidades flexibles y gestión de emocionalidades, dejando de lado los saberes disciplinares y la reflexión profunda.

Se pasa de enseñar conocimientos específicos a desarrollar capacidades y habilidades, bajo la promesa de que así el individuo aprenderá a seleccionar y a adaptarse a un entorno cambiante. Esta perspectiva niega la existencia de los condicionantes sociales y reduce el éxito o el fracaso individual a la carencia de habilidades y capacidades, repitiendo la lógica de la discriminación, pero con un nuevo indicador.

En un contexto donde imperan posiciones asertivas y cada segmento social parece tener todas las respuestas, la escuela debe promover la pregunta genuina, la duda, la incertidumbre. La comprensión emerge del intercambio, del diálogo con el otro, de la construcción colectiva de conocimiento. La inferencia, la capacidad de decir lo que no está dicho, de construir nuevos recorridos a partir de un texto o un problema, es una herramienta fundamental para el aprendizaje.

El aula debe ser un espacio que habilite preguntas, que promueva la reflexión y el debate, que permita a los estudiantes asumir una pregunta propia y evidenciar su pertinencia. La habilidad y la capacidad se desarrollan en función de las necesidades que se deben resolver.

No hay recetas mágicas en tiempos de ruptura, sino la necesidad de construir desde lo acontecido, desde dónde estamos, pensando hacia dónde queremos ir. El debate educativo no puede reducirse a prohibir o no el uso del celular, sino a integrar cualquier elemento, incluso la tecnología, al proceso de enseñanza y aprendizaje.

El rol docente debe apuntar a producir un señalamiento , a orientar la atención de los estudiantes hacia algo, a aludir a alguien, a redirigir su mirada hacia el mundo. Este gesto de apertura permite al estudiante conectar con su entorno y desarrollar una mirada crítica y reflexiva.

El valor humano de la enseñanza reside en la experiencia subjetiva, en el conflicto cognitivo, en la apertura de preguntas. El desafío es generar en el estudiante la inferencia de que si algo no está en la experiencia escolar, algo se pierde. En un contexto de crisis civilizatoria, la enseñanza tiene la tarea de promover la convivencia y el aprendizaje como vivencias, transformando el aula en un espacio habitable, de cuidado físico y emocional, donde el mundo conocido se pone en tensión y se vuelve pensable. Allí, la educación abre un sentido y se convierte en una actividad creadora.

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